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Alí Babá y los cuarenta ladrones

Anónimo

En una antigua ciudad de Persia, vivían dos hermanos de muy distinta condición social y de muy diferente carácter. Nada había en ellos de común, diferían en  todo. Uno se llamaba Beni-Casim y el otro Alí-Babá.
Beni-Casim era inmensamente rico, mientras que Alí-Babá era más pobre que una rata. Cuando su padre murió, solo pudo legarles unos pocos bienes. Pero Beni-
-Casim, que era un hombre muy interesado y ambicioso, se casó por conveniencia con una mujer que tenía una buena tienda, con la cual pudo abrirse paso en el mundo de los negocios y contarse en poco tiempo entre los privilegiados de la fortuna.
Por el contrario, Alí-Babá desposó a una joven sencilla y hermosa, y que nada, o muy poco, pudo aportar a su hogar. Y de esta manera, nuestro hombre no tuvo otro remedio que ir todos los días al bosque con su borriquito para cortar leña, y con el producto de su venta atender a las necesidades de su familia.
Sin embargo, Alí-Babá no se quejaba de su suerte y tenía, a pesar de su pobreza, un semblante más feliz y satisfecho que su hermano en medio de sus riquezas.
Pero como todo en este mundo tiene su compensación, Alí-Babá tenía un hijo que valía un tesoro, mientras que Beni- Casim tenía mucho dinero, pero carecía del orgullo de tener un hermoso sucesor. Al enviudar Alí-Babá, Beni-Casim se dirigió a casa de su hermano para darle el pésame, cosa extraordinaria en él, pues, para no dar, ni siquiera daba los buenos días.
Como si se tratase de un sublime sacrificio, o de una obra de misericordia, propuso a Alí-Babá que le cediera al pequeño Ben-Chec. Alí-Babá, que era más alegre que unas castañuelas y más tranquilo que un lago, se le rió en las mismas barbas y repuso que ni por todo el oro del mundo le daría a su hijo.
Pero Beni-Casim le repuso que si conociera el placer que da el oro cuando se cuenta y se amontona por las noches a la luz de una vela, lo daría por unas monedas.
—Quédate con tu oro y yo me quedaré con mi hijo, y que la paz sea contigo,
Beni-Casim.
Lo que equivalía a decirle: «Anda, vete a paseo». Y desde aquella fecha la amistad entre los dos hermanos se enfrió un poco.
Jamás Beni-Casim se acercó a la puerta de su hermano, ni Alí-Babá, a pesar de su modesta existencia, se acercó a la casa de Beni-Casim a pedir ni un vaso de agua.
Pero el marrullero de Beni-Casim, cuando Ben-Chec se hizo mayor y fue llamado a servirle al sultán, se las arregló de manera que el muchacho fuera destinado a montar la guardia en su casa.
Era que la casa de Beni-Casim se había convertido en el centro del comercio de la ciudad. Caravanas de todas las partes del mundo llegaban al patio de su casa para efectuar el intercambio de mercaderías.
Entre los guías y conductores de camellos de estas caravanas, se ocultaban numerosos espías y ladrones, quienes daban cuenta a sus compinches del valor de las mercancías que llegaban.

Fuente original: Alí Baba y los cuarenta ladrones, 2005.
Colaboración: Editorial Gente Nueva.

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