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El Detective Perrín acude al llamado

Luis Rafael

El Trágico suceso

"Pronto nacerá mi hijo" —piensa Mamá Cotorra—. "Voy a peinarme las plumas, para que me vea bonita."
Sin embargo, cuando la cotorra regresa a su nido....
—¿Y el huevo? ¿Dónde está mi huevo? ¡Socorro! ¡Auxilio, se robaron mi huevo!
Enseguida está allí el Detective Perrín.
—¡Ayúdeme, ayúdeme! —llora Mamá Cotorra.
Perrín da una larga chupadita a su pirulí y con su gran lupa busca las huellas del malhechor.
Ya han acudido el Loro Cartero, que trata en vano de calmar a Mamá Cotorra; y el Gato, siempre relamiéndose.
—¿Qué pasa? —pregunta la Chiva, al asomarse por una ventana.
—¿No lo ve? El huevo de la cotorra se esfumó.... —dice el Gato guiñando los ojos de forma sospechosa.
—¡Ay, vecina —lamenta Mamá Cotorra—, el huevo con mi hijo ha desaparecido!
—No se preocupe, ya verá que todo se arregla —dice la Chiva.
En eso oyen un ruido al fondo de la casa. El Detective Perrín salta por una ventana.
—¡Deténgase!
—Yo, hip, yo no he hecho nada, Detective, hip....
—¡El Majá Santamaría! —exclaman todos a la vez.
—Seguro que se tragó el huevo de la cotorra —afirma el Gato.
—¡Si fue capaz de esa maldad, juro que lo llenaré de picotazos! —grita el Loro Cartero y agita las alas amenazante.
Mamá Cotorra se desmaya.
—Buscaré un poco de agua —dice la Chiva y sale rumbo a su casa.
—Yo, hip, no hice nada malo, hip, lo juro.... ¡Lo juro!, hip, hip —continúa el Majá Santamaría.
—¿Y por qué tiene hipo? ¡Esa es la prueba de que se tragó el huevo de la señora Cotorra!.. —lo acusa el Loro Cartero, que tiene los ojos enrojecidos por la furia.
—¡Silencio! —ordena Perrín y hasta Mamá Cotorra, que sigue desmayada, cierra el pico de un golpe—. Por el momento todos son sospechosos.
—Pero, ¿cómo es posible? —protesta el Loro—. Si está claro que el Majá es el causante de esta tragedia.
—¿Y los restos de cascarón que veo aquí?
—Una prueba más de su acto criminal.
—No se apresure, o correremos el riesgo de cometer una injusticia —dice Perrín y da una rápida chupadita a su pirulí.
—Eso es cierto, hip —se defiende el Majá Santamaría—. Yo tengo hipo hace una semana, porque.... porque me comí cuatro coles enteritas, hip, y me indigesté, sí, ¡qué le voy a hacer!.
—¿Y porqué se arrastraba por aquí tan sigilosamente? —insiste el Loro, pero no es necesario que el majá responda. La Chiva aparece en la puerta; en cambio, no trae el vaso de agua para la Mamá Cotorra sino a un pequeño pichón de peluche suave y pico curvo.
—¡El cotorrito! ¡Ya nació! ¡Qué hermoso es!
Con tantas exclamaciones Mamá Cotorra vuelve en sí y, llorando de la alegría, abraza a su hijo.
—Apareció en mi casa, piensa que soy su mamá —explica la Chiva, y agrega—: Ojalá yo fuese tu mamá, Cotico; pero, las Chivas no tienen cotorritos. ¡Ve con la señora!
Mamá Cotorra, conmovida, dice a su vecina:
—Es cierto que no eres su mamá; sin embargo, ya le has dado nombre y quisiera que fueses su madrina.
—Entonces, ¿no estás disgustada conmigo?
—Claro que no —sonríe Mamá Cotorra—, las dos cuidaremos a Cotico.
Ahora hay fiesta en casa de la Cotorra. El Detective Perrín, el Gato, el Majá Santamaría, el Loro Cartero y, sobretodo, la Chiva y Mamá Cotorra, celebran el nacimiento de Cotico.

El Pastel de guayabas

—¡Desapareció! —dice Mamá Cotorra llevándose las alas a la cabeza.
El Loro Cartero, que llega con su bolsa rebosante de periódicos, pregunta:
—¿Qué se ha perdido, Mamá Cotorra?
—¡Ah, pobre Cotico, se robaron el pastel de guayabas que le hice! —Mamá Cotorra se quita el delantal casi llorando.
—¿Qué ocurre aquí? —dice una voz.
—¿Quién anda ahí?. —El Loro Cartero busca por los rincones.
—No tenga miedo, señor Loro, soy yo. —Aparece la Chiva junto a la ventana—. Escuché algo de un robo... ¿O me equivoco?
—Vecina, se llevaron el pastel de guayabas que le hice a mi hijo Cotico —contesta Mamá Cotorra y agrega, arrugando las plumitas de la frente—: no estoy dispuesta a cocinar para los ladrones. ¡Llamaré al Detective Perrín!
Mamá Cotorra marca un número en el teléfono y...
—¿Es la policía?
—El Detective Perrín, ¡a sus órdenes!
En menos tiempo del que se toma en contarlo, Perrín llega ala casa de la Cotorra, armado con su lupa y un pirulí que lame a cada rato.
—A ver... —dice, paseándose de un lado a otro—. Cuénteme qué sucedió.
—¿No sabe qué sucedió? —exclama la Chiva—. Se robaron el pastel de guayabas que cocinó mi amiga la Cotorra...
—Ya lo sé —dice Perrín y chupa su pirulí—. Pero, necesito que Mamá Cotorra narre, detalladamente, todo lo que hizo desde que terminó el pastel hasta que desapareció.
Mamá Cotorra reflexiona:
—Saqué el pastel del horno, le agregué un poquito de mermelada de guayabas, llamé a mi hijito Cotico para que se lavara las manos, puse el pastel a refrescar en la ventana y fui a preparar la mesa para el almuerzo... Luego vine en busca del pastel y ¡ya no estaba!
—Entonces llegué yo —agrega el Loro Cartero.
—Y yo, un momento después —dice la Chiva.
—Bien, ustedes son sospechosos. Siéntense, no pueden salir hasta que terminen las investigaciones.
—Pero, Detective Perrín, ¿cómo va a pensar que somos ladrones? Mire, registre mi bolsa; aquí sólo hay cartas y periódicos, yo soy incapaz de cometer un delito.
—Disculpe, señor Loro, no he dicho que sean ladrones. Solamente debo considerarlos sospechosos por ahora.
—Registre mi bolsa —insiste el Loro Cartero.
—No es necesario, gracias —dice el Detective y examina con su lupa los marcos de la ventana, la mesa, el armario, las losas del piso...
—Sigue una huella —susurra la Chiva, tan nerviosa que apenas puede hablar.
—¡Aquí está!
—¿Quién? ¿Quién? —pregunta la Chiva.
—¡Cotico! —exclama Mamá Cotorra.
El Detective Perrín se acerca, la lupa en una mano y Cotico en la otra. A Mamá Cotorra el plumaje verde de la cabeza se le torna rojo, casi púrpura. Cotico está muy avergonzado y cuando se tapa la cara para que no lo vean llorar, descubre sus alitas manchadas de la rica mermelada de guayabas.

Cumpleaños de Cotico

La casa de la Mamá Cotorra amanece adornada con guirnaldas flores y enredaderas de hojas brillantes. Celebran el cumpleaños de Cotico.
La primera en llegar es la Chiva:
—¡Buenos días! ¡Y felicidades!
—Gracias —responde Cotico y va a recibir a los otros invitados.
—¡Felicidades, primo! —Entra un cotorrito carirredondo.
—¡Qué bueno! Te dejaron venir —exclama el homenajeado.
—Pero, si es mi sobrino Cotín. —La Mamá Cotorra sale y le dala bienvenida.
—Primo... —comienza Cotín tapándose la cabeza con la punta del ala—. ¿Sabes? Mi mamá te mandó un pastel de regalo...
—¡Qué rico! Dámelo, que quiero probarlo.
—Olía tan sabroso... el almíbar se chorreaba y... Me lo comí —concluye Cotín avergonzado.
—¡No! Era mi regalo —protesta Cotico.
—Este cotorrito obeso debe ser tremendo comilón —susurra el Loro Cartero.
—¡Obeso yo! ¡Comilón! —explota Cotín—. Pues, está bien, soy un gordo, pero usted es un chismoso. A ver... ¿quién lo llamó?
—¡Qué falta de educación! —se queja el Loro Cartero—. ¡Estos muchachos no respetan!
—Por favor, basta de discusiones —dice Mamá Cotorra—. Hoy es un día especial, disfruten de la fista.
—Y lo rico que están los bizcochos de naranja... —cuenta la Chiva, saliendo de la cocina— y los caramelos de limón, las galleticas de ajonjolí, el refresco de mango, los buñuelos...
—Vamos, amiga Chiva, ayúdame a traerlos —interrumpe Mamá Cotorra, y salen rumbo a la cocina.
—Primo Cotín, te llaman por teléfono.
—¿Será mi mamá?
—Seguro —contesta Cotico.
Cuando Mamá Cotorra y la Chiva regresan con los dulces y refrescos, aparece el Gato:
—¡Hum! A buena hora llegué —dice y se relame.
—Cualquiera pensaría que ya comió, por la forma en que se saborea —dice el Loro Cartero, quien vuelve de dar un paseo por el jardín.
—Y usted, ¿estaba vigilando la bandeja de los dulces? ¡Vino tras ella! —se burla el gato.
—Cotico, ¿y tu primo? —pregunta Mamá Cotorra.
—Lo llamó por teléfono su mamá.
—Si yo no oí sonar el teléfono... —duda la Mamá Cotorra—. ¡Cotín! ¡Cotín!
—No responde... —advierte la Chiva.
—¿Lo raptarían? —dice el Loro Cartero.
—¡Pronto, hay que encontrarlo!
En un instante todos buscan a Cotín.
—No está en la cocina —grita la Chiva.
—Tampoco en el jardín —dice el Loro.
—Ni en los cuartos. —Regresa Cotico.
—El teléfono está en la sala y no hay huellas de mi sobrino. —La Mamá Cotorra comienza a llorar.
—¡Ah!, pues si hay huellas o no eso lo sabremos pronto —manifiesta la Chiva y, una vez en la sala, marca un número en el teléfono—:¡Rápido, Detective Perrín, secuestraron al sobrino de Mamá Cotorra!
En unos instantes acude el Detective, con su gran lupa y su pirulí.
—Todos son sospechosos —asegura y da una chupadita al pirulí—. Comenzaré el interrogatorio... A ver, ¿hacia dónde usted salió justo después que Cotín? —pregunta al Loro Cartero.
—¡Ay, Detective Perrín, yo soy inocente! Fui a dar un paseíto —responde el Loro en un puro temblor.
—¿Y usted, que según me contaron entró relamiéndose... —Perrín se dirige al gato y lo observa a través del grueso cristal de su lupa—, no se cruzó con el cotorrito, por casualidad?
—¡Qué horror! —Mamá Cotorra llora desconsoladamente.
—Si te comiste al cotorrito te envestiré hasta acabar con tus siete vidas —lo amenaza la Chiva.
—Yo... ¡yo soy inocente! ¡Juro que soy inocente, Detective! —El Gato se esconde detrás de Perrín.
—Mamá, reparte los dulces; ¡tengo hambre!
—Cotico, ¿cómo vas a pensar en comer ahora?
—¡Qué suerte la mía! —lamenta Cotico—. ¡Que el gordo de mi primo se pierda el día de mi cumpleaños!
—Si aparece, la fiesta continuará —dice el Detective Perrín y le guiña un ojo.
—Está en la despensa, lo encerré porque se comió el pastel que me mandaban de regalo; y porque seguro se come todos los dulces de mi fiesta de cumpleaños.
—¡Cotico! —se alarma Mamá Cotorra, y va a castigarlo; en cambio, el Detective, que trae a Cotín de vuelta, lo salva:
—Su hijo aprendió la lección, disfrutemos de la fiesta de cumpleaños.

El Extraño caso

—Por fin descansaré un poco —piensa el Detective Perrín, mientras se cubre con la colcha.
Sin embargo, rin rin... suena el teléfono.
—Diga —descuelga Perrín, bostezando.
—¡Corra, Detective Perrín, han matado a la Chiva!
En menos tiempo del que se toma en contarlo, Perrín está en casa de la Chiva.
—¡Mírela, Detective! —dice el Loro Cartero, que señala el cuerpo inmóvil.
—¡Pobre vecina! —llora Mamá Cotorra—. ¡Cómo es posible que haya muerto si tenía una salud de piedra!
—No, no me creo eso de que se haya muerto solita —intervino el Gato.
Perrín reflexiona un momento, con el apuro se le quedaron el pirulí y la lupa.
—¿Nadie ha tocado el cuerpo de la Chiva? —pregunta.
—¡No, nadie! Nosotros sabemos que el lugar de los hechos debe conservarse intacto, para que la policía pueda encontrar huellas —contesta el Loro Cartero.
—Muy bien —aprueba Perrín y, buscando en la habitación, encuentra una rosa en el piso.
—¿Una rosa? —exclama Mamá Cotorra.
—¡Una rosa envenenada! —dice el Gato.
—Su olor es normal, no hay presencia de veneno —aclara el Detective.
—Pero, y entonces... ¿qué hacía esa rosa en el piso? —duda el Loro Cartero, y agrega—: La Chiva la hubiera puesto en un búcaro.
—Cierto —admite Perrín—. Esto es muy extraño... A ver, ¿quién de ustedes encontró a la Chiva?
—¡Todos! —contestan a coro.
—Mire, Detective —explica Mamá Cotorra—, el Loro Cartero llegó a mi casa y me contó que un poeta se había mudado para el pueblo, en eso apareció el Gato y decidimos venir a dar la buena noticia a la Chiva.
—...y como nos cansamos de llamarla—interrumpe el Loro—, entramos y la vimos inmóvil en el piso.
—Díganos quién mató a la Chiva —insiste el Gato.
El Detective Perrín comienza a perder la paciencia, no hay huellas ni sospechosos. "¿Quién mató a la Chiva?", se pregunta sin obtener respuesta.
—¡Buenas noches! ¿Verdad que son hermosas las estrellas?
—¡Oh, sí! ¡Bellísimas! —contesta la Chiva poniéndose de pie.
—¿Quiere dar un paseíto? —propone Chivobardo, el nuevo vecino.
—¡Cómo negarme! —suspira la Chiva, y la pareja sale sin percatarse de los boquiabiertos presentes.
—¿No estaba muerta la Chiva? —habla por fin el Gato.
—Se había desmayado —dice Perrín—, el nuevo vecino le regaló una rosa a nuestra amiga y ella, tan romántica, se enamoró.
Sin hacer ruido, para no molestar a la pareja que contempla las estrellas, Mamá Cotorra regresa a su casa, donde había dejado durmiendo a su hijo Cotico; y el Gato, el Loro Cartero y el Detective Perrín, se van comentando el final feliz que tuvo este "extraño caso".

El Misterioso robo

El Gato pasea por el reverdecido césped que crece entre las casitas del pueblo. ¡Va tan entretenido! A toda prisa, como de costumbre, se acerca el Loro Cartero, llevando un gran bulto que le impide ver hacia adelante.
—¡Cuidado! —grita el Loro cuando advierte la presencia del Gato, pero es tarde: la carga que llevaba el cartero se le desprende de entre las alas y cae rodando a la acera.
—¡Ni pasea puede uno en este pueblo de locos! —protesta el Gato.
—Discúlpeme, no fue intencional —dice el Loro.
—Despreocúpese, yo también tengo parte de culpa, iba distraído.
El Gato ayuda al Loro Cartero a recoger los sobres de la correspondencia desparramados entre la yerba.
—¡Ay, por poco se raja la calabaza que me encargó la señora Chiva! —El Loro intenta alzar la enorme calabaza y echarla dentro de su bolsa.
—Voy rumbo a la casa de la Chiva —dice el Gato—. Si quiere, puedo llevarla.
—Oh, no. Es un deber mío entregar la correspondencia. Además, no puedo abusar de la confianza, es mi trabajo.
—No se preocupe para mí será un gusto ayudarlo
—¿Verdad?... Pues, se lo agradezco, aún debo repartir muchos encargos. ¡Gracias de nuevo, amigo Gato!
Y sin decir nada más, el Loro Cartero se aleja volando, con su bolsa cargada de cartas y periódicos.
En la Tarde, después de la ardua jornada, el Loro va de visita a la casa de la Chiva.
—¡Buenas tardes, vecina! ¿Cómo quedó el dulce de calabaza?
—¿El dulce de...? —La Chiva mueve las orejas como radares y se queda pensativa, al fin, dice—: ¡No se burle, señor Cartero! ¡Si usted no me ha traído la calabaza que le encargué!
—¿Cómo dice? ¡Yo la traje! —se alarma el Loro.
—¡O usted me quiere hacer pasar por tonta, o algo malo ha ocurrido!
En un instante el Loro Cartero cuanta a la Chiva el percance de por la mañana y que confió al Gato la entrega de la calabaza.
—Pues, ya ve... —suspira la Chiva, pensando en el dulce que hubiera podido hacer—. No he recibido la calabaza. ¡Seguro que el Gato se la comió!
—¡Venía a enterarme de cómo quedó el dulce y ahora resulta que me acusan de ladrón!
—protesta el gato, que había escuchado el final de la conversación.
—¿Y quién, si no, se robó la calabaza? ¿Quién, quién? —dice el Loro cartero y agita las alas.
—¡Eso no lo sé, pero juro que no fui yo!
El Gato y el Loro Cartero discuten, hasta que la Chiva da un fuerte berrido:
—Lo que debemos hacer inmediatamente es llamar al Detective Perrín, ¡él lo aclarará todo!
Poco después aparece Perrín.
—Usted declara que entregó la calabaza al Gato, ¿no es cierto? —interroga al Loro.
—Sí, así es. —Al Cartero se le erizan las plumas de lo nervioso que está.
—Y usted, ¿qué hizo con ella?. —Esta vez, Perrín se dirige al Gato.
—Yo, bueno...Realmente cometí un error. —El Gato también se pone muy nervioso—. Sucedió que como la mañana estaba tan linda, llevé la calabaza hasta el jardín de la Chiva; la llamé para que recogiera su encargo y ella respondió "¡Ya va!"; entonces pensé que podría continuar mi paseo y dejé su calabaza a la sombra del árbol que está en el jadín, para que la recogiera al salir.
—Es cierto que alguien me llamó y hasta que dije "¡Ya va!". Pero, cuando acudí a ver quién era no encontré a nadie. —Explica la Chiva y el Detective Perrín aprovecha para dar una chupadita a su pirulí.
—¡Usted es un irresponsable! En mi vida de cartero jamás he dejado de entregar personalmente un envío —dice el Loro, y el Gato, apenado, le contesta:
—No pensé que podía llegar a ocurrir lo que ocurrió.
Está apunto de formarse una nueva discusión; en cambio, la llegada de la Mamá Cotorra los hace contenerse.
—¡Ay, qué bueno, están reunidos! —saluda la Cotorra sin advertir lo que sucede—. Los invito a probar el rico flan de calabaza que acabo de cocinar.
—¡De calabaza! —exclaman, a la vez, el Gato y el Loro.
—¿Pudiera decirnos dónde consiguió la calabaza? —pregunta Perrín y acerca una silla a la Mamá Cotorra.
—Mi hijo Cotico la encontró...
—¡Mamá, ya probé el flan! ¡Está riquísimo!
—Por ahí viene Cotico —dice la Chiva, impaciente porque todo se aclare.
—¿Entonces Cotico es el ladrón? —susurra el Gato.
—Cotico, ¿dónde encontraste la calabaza con que tu mamá hizo el flan? —El Detective Perrín se ha puesto serio y a Cotico, del susto, se le salen las lágrimas.
—La encontré en el jardín... bajo un árbol grande de donde se cayó.
—¡Claro, ya sé lo que ha pasado! —ríe la Chiva, y añade—: El Gato dejó la calabaza a la sombra de la ceiba que crece entre el jardín de la Cotorra y el mío; y Cotico creyó que se trataba de una fruta caída del árbol.
—¿Y no es así? —pregunta Cotico, abriendo los ojos en muestra de asombro.
—No, Cotico, de las ceibas no brotan calabazas, sino de una planta de tallo débil que se arrastra por la tierra —aclara el Gato, y se brinda para llevarlo a conocer el calabazar que crece al otro lado del pueblo.
—Entonces, ya que todo se aclaró, propongo un final feliz —dice, sonriente, la Chiva—: ¡Les propongo que aceptemos la invitación de la Mamá Cotorra y probemos su flan de calabaza, que debe estar exquisito!

El Detective Perrín acude al llamado

—Aquí tiene, Detective Perrín. En este paquete están los libros de Chivobardo —dice el Loro Cartero.
—Bien, los guardaré en el armario.
Perrín, después de colocar dentro el paquete de libros, cierra la puerta del armario y da dos vueltas con su llave a la cerradura.
—Oiga, ¡tremendo nos ha salido el nuevo vecino! —agrega el Loro—. Primero conquistó el corazón de la Chiva y ahora se aparece con un libro escrito por él.
—Sí —contesta Perrín y se retira.
En el pueblo la alegría reina. Todos están orgullosos de contar entre los vecinos con un escritor.
—Chivobardo no ha querido revelar de qué trata su libro... ¿Usted, de qué piensa que sea? —pregunta el Gato a Perrín y espera que satisfaga su curiosidad.
—El tiene derecho a guardar el secreto hasta la presentación del libro —se limita a decir Perrín.
—A lo mejor Chivobardo quiere darnos una sorpresa —sugiere el Majá Santamaría. En cambio, el Detective continúa su camino sin darle importancia al asunto.
La Mamá Cotorra y el Cocuyo decoran el parque del pueblo, donde se efectuará la venta del libro. Y Cotico los ayuda a engalanar los árboles con guirnaldas de flores silvestres y bejucos de hojas brillantes.
"Parece que nadie me necesita" —piensa Perrín y vuelve a su casa, porque ya se desliza el sol hacia su escondite de cada noche.
Al fin amanece. Chivobardo se pone su mejor traje y se perfuma los pelos de la barbilla con el rocío de la mañana.
Los vecinos del pueblo acuden hacia el lugar donde va a realizarse la presentación. La primera fila está ocupada por la Chiva, el profesor Tomeguín del Pinar y sus alumnos; más atrás, el Gato, Mamá Cotorra, el Cocuyo y el Majá Santamaría.
Chivobardo ocupa la cómoda butaca que destinaron para él, tras una mesa adornada con flores y enjambres de mariposas amarillas.
—¿Y los libros? Nadie trajo el paquete con los libros —se percata el Loro Cartero.
—El encargado de eso era el Detective Perrín —afirma la Chiva y se pone en pie de un salto.
—Algo muy grave debe haberle pasado al Detective —dice el profesor Tomeguín del Pinar.
Se dirigen apresuradamente hacia la casa de Perrín. El Loro Cartero toca a la puerta.
—¿Qué ocurre? —pregunta Perrín, todavía con cara del sueño, al abrir.
—Necesitamos la caja que le entregué ayer con los libros de Chivobardo. Se hace tarde para la presentación... Creíamos que le había pasado algo malo.
—¡Ay!, disculpen —dice Perrín y va en busca de la llave del armario—. Me quedé dormido, anoche tuve una terrible pesadilla que no logro recordar.
Da dos vueltas a la cerradura y...
—¡Ha desaparecido la caja con los libros! —grita el Loro Cartero.
—¡Se robaron los libros! —dice alarmada la Chiva.
—Pero, ¿cómo es posible? —pregunta Chivobardo—. Estaban bien guardados y solo el Detective Perrín tiene llave de ese armario.
Los vecinos comienzan a mirar con desconfianza al soñoliento Detective.
—¿Cómo puede explicarse que si usted es el único que posee la llave del armario, los libros hayan desaparecido?—pregunta el Gato, y Perrín, enseguida, se defiende:
—Usted, señor Gato, pretende restarme autoridad con esa insinuación pero los primeros sospechosos de este incidente son usted mismo y el Majá Santamaría que, la víspera, se mostraron muy interesados por conocer de qué trata el libro de Chivobardo.
—No estoy de acuerdo con su deducción —afirma el Majá Santamaría, parándose sobre la cola—. Es cierto que deseábamos saber de qué trata el libro; pero, ¿por qué íbamos a robarlo? Además, ¿cómo podríamos hacerlo sin forzar la puerta del armario? ¡Aquí el único sospechoso es usted, Detective, porque solo quien tuviera la llave del armario pudo haberlos sacado de allí!
—Esa acusación es injusta —dice Perrín; en cambio, no se le ocurre ningún argumento a su favor.
—Piense bien, Detective, las evidencias están en su contra —recomienda Mamá Cotorra, seria y alicaída.
—¡Ay, tengo un fuerte dolor de cabeza! —se queja Perrín y la lupa y el pirulí caen al suelo.
—¡Pronto, una silla! ¡Se ha desmayado! —grita la Chiva.
Mamá Cotorra y su hijo Cotico le echan aire, agitando nerviosamente las alas.
El profesor Tomeguín del Pinar se hace cargo de la investigación y distribuye a los vecinos en busca del paquete de libros. Sin embargo, han recorrido cada rincón sin encontrar la más mínima pista.
—¡Debajo de mi cama! ¡Busquen debajo de mi cama! —dice Perrín al volver en sí—. Acabo de recordar la pesadilla de anoche: soñé que no le importaba a nadie porque tenían a Chivobardo, un escritor; y que, como venganza, escondía sus libros debajo de mi cama para que no pudieran leerlos.
—¡Aquí están! El paquete estaba oculto exactamente donde dijo. —La Chiva sonríe porque ha recuperado los libros.
—¡Entonces el Detective es sonámbulo! —se asombra Cotico y todos ríen, menos Perrín, que tiene las orejas marchitas de la vergüenza.
—Bien, no debemos perder más tiempo. ¡Vamos a presenta el libro! —anuncia el Loro Cartero.
El chivo escritor se para junto a la silla de Perrín y dice:
—Este libro fue escrito por mí, pero su verdadero autor es el Detective Perrín...
—¿Cómo? —Perrín abre los ojos desmesuradamente y se pellizca para comprobar que no está soñando de nuevo.
—Sí —continúa Chivobardo—, en mi libro no hago otra cosa que narrar sus aventuras, por eso lo titulé El Detective Perrín acude al llamado.
Un aplauso inunda el viento. La Chiva y Mamá Cotorra lloran de la emoción; y Perrín abraza a Chivobardo, quien le hace entrega del primero de sus libros.
Ahora que comienza a oscurecer, en las casitas del pueblo una luz permanece encendida: los vecinos vuelven a vivir cada aventura, mientras leen el libro de Chivobardo acerca del querido Detective Perrín.