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Cocorioco

Dora Alonso

Por un camino donde crecían muchísimas matas de piñón florido, Cocorioco llegó al pueblo. Antes de entrar en él, hizo un gran ramo con las flores del arbolito; un ramo color de rosa que lo cubría del pecho a la frente. Los verdes ojos saltones de Cocorioco miraban a través del ramillete como dos loros enjaulados.
¿Quién era Cocorioco? ¿A qué venía? ¿Por qué trataba de esconderse, disimulado con el ramo? Todo eso estaba por averiguarse, pero un niño se le acercó y mirándolo a través de las flores, exclamó asustado:
-¡Qué horrible! ¡Qué hombre tan feo!
Ese fue el recibimiento que le hicieron. Sin embargo, Cocorioco siguió adelante haciéndose el sordo y el que no los veía, a pesar de estar rodeado de niños, pues el primero había avisado a los demás y fueron muchos los que llegaron corriendo.
Debemos decir que, a pesar de las flores, verdaderamente la cara del recién llegado no resultaba agradable. Tenía los ojos parecidos a los de una rana, la nariz como un pepino, la boca tan chiquirritica como la de un pececito y el pelo tieso y parado. Además, su cuello era flaquísimo y la figura tan sin gracia que parecía un espantapájaros.
Cocorioco, sin responder a las burlas, siguió adelante, atravesó el pueblo y se detuvo en la última casa de la última calle. Una casa destartalada que hacía mucho tiempo estaba deshabitada. Sacó una llave, abrió la puerta y sin mirar a nadie entró y desapareció.
-Es un brujo del país de los brujos floridos –secreteó la hija del zapatero.
-Nada de brujos –le respondió el sobrino de la maestra-. No hay brujos. ¿Todavía no lo sabes?
-Pues si no es un brujo será un espantajo del arrozal. Puedes estar seguro.
En esta forma, todos fueron dando su opinión, desde lejos y medio escondidos por temor al hombre.

Fuente original: Cocorioco, 1975.
Ilustraciones: Renier Quer (Réquer).

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