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El Cochero azul

Dora Alonso

Se presenta Martín Colorín

Se muestra un caballo blanco, llevando en un coche a un hombre con dos nios.

En el camino de la costa de Varadero, cerca de Carboneras, vivía un cochero, llamado Martín Colorín, que tenía dos hijos, un perro sato, un caballo blanco y un coche viejo.

De tanto mirar el mar durante años y años, Martín acabó por desear que cuanto lo rodeara fuera del mismo color azul. Para tratar de conseguirlo, compró una lata de esmalte azul y una brocha, llamó a sus hijos para que lo ayudaran y empezó por pintar el coche de la rueda a las varas. Pero, al terminar el trabajo, los tres se vieron muy deslucidos dentro del flamante carruaje. Luego de discurrir por breve tiempo, decidieron teñir del mismo tono la ropa que vestían, el calzado, los sombreros y tratar de agenciarse tres pelucas de largos pelos que flotarían al viento como banderolas.

La idea iba saliendo bastante bien, porque en la cercana fábrica de henequén consiguieron un poco de sisal para las pelucas y, como ya se sabe, el sisal se tiñe fácilmente, solo que, cuando trajeron el caballo para engancharlo al coche azul, se veía tan blanco que parecía un caballo de queso y afeaba todo el conjunto. Ante la dificultad, Martín fue a recorrer la zona en busca de un arrenquín color de mar de Varadero, sin lograr su objeto. Caballo como aquel no aparecía en ningún lado.

Cansado de sus inútiles gestiones, pero sin renunciar a su empeño, el hombre ensayó algo que le parecía aceptable: echó un puñado de tabletas de añil dentro de un cubo lleno de agua, agarró al sato en un descuido y lo metió en él. Cinco minutos más tarde, cuando el perro salió del cubo sacudiéndose y ladrando, se veía tan bonito que su dueño enseguida le puso Perroazul.

Convencido del éxito del añil, Colorín no dudó en aplicar la misma fórmula al caballo blanco. Añadiendo más tabletas al agua, tiñó las orejas, la barriga, la crin y la cola a su trotón, y dio fin a la obra al colocarle un airoso penacho sobre la frente.

Al domingo siguiente, con las primeras luces del día, Martín Colorín y sus hijos, su perro, su caballo y su coche se alejaron por los trillos de la costa bordeada de uva caleta.

–¡Arre, Azulejo! -gritaba el cochero, sacudiendo las riendas.

El carricoche azul rodaba sobre el largo camino de arena, bajo un sol claro que hacía centellear el mar. Perroazul, ladrando alegremente, seguía tras el coche donde viajaban sus amigos azules con las largas melenas de las pelucas batidas por el viento.

¡Quiribín, quiribín, quiribín, quiribín! –trotaba el caballo, muy orgulloso de su gran cola celeste y su penacho fino–: ¡Quiribín, quiribín!

Todo resultaba tan agradable y divertido que Martín Colorín y sus hijos, Azulín y Azulosa, aprovechando que estaban de vacaciones, decidieron darle la vuelta al mundo.

Rumbo Cangrejo

Rodaba el coche con el alegre grupo por el trillo de la costa, entre fresco hojerío de mangle y caletales, dejando atrás Las Bocas de Camarioca y Varadero, cuando el cochero tiró de las bridas y detuvo el trote de Azulejo.

–Antes de seguir viaje, debemos señalar la ruta –explicó.

Se apearon y deliberaron. Azulín propuso que lo echaran a suerte, lanzando una moneda al aire; pero Martín Colorín era un hombre de gran imaginación y se negó con buenas razones.

–¿Qué clase de trotamundos seríamos si no pensáramos cosas nuevas?

–¿Te parece mejor que arrojemos una piedra al aire? –propuso Azulosa–. Si le da al cachorro, seguiremos rumbo norte; si le da al caballo, indicará el sur; si cae sobre mi hermano, seguiremos rumbo este...

–Y si me da, ¡prepárate! –la interrumpió Azulín, amoscado.

Por acuerdo final, decidieron utilizar un cangrejo, lo que resultaría algo verdaderamente original. Perroazul se encargó de buscar la pieza y salió disparado hasta dar con una profunda cueva donde seguramente se escondía el abuelo de los cangrejos de la zona. Probó a sacarlo ladrando desaforadamente, luego escarbó, sin poder llegar al fondo del escondite y, por último, queriendo asustar al animalejo, introdujo su cola motosa por el agujero y la movió como un plumero. Dentro de su refugio, alargando su tenaza, el otro hizo ¡tris! y apretó con su muela el descuidado rabo de Perroazul, que chilló: ¡Auuuu!, y a los dos segundos estaba de vuelta arrastrando su captura. Lo aplaudieron mucho, asegurándole que, además de ser muy valiente, corría mejor que cualquier campeón de campo y pista.

Fuente original: El Cochero azul, 1975
Ilustraciones: Renier Quer (Réquer).

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