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Juan de hierro

Hermanos Grimm

Érase una vez un Rey, cuyo castillo estaba rodeado por un bosque repleto de caza. Cierto día envió a un Cazador a ma­tar un ciervo, pero el Cazador no volvió jamás.
— Acaso le ha sucedido un accidente — se dijo el Rey.
Y, al día siguiente, envió a otros dos Cazadores a buscarle, pero ellos tampoco volvieron. Al tercer día envió a todos sus Cazadores, diciéndoles:
— Buscad por toda la selva sin cesar, hasta que hayáis encon­trado a los tres.
Pero no volvió ninguno de aquellos hombres, ni siquiera uno solo de los perros que llevaban con ellos. Desde entonces nadie se atrevió a entrar en la selva, que quedó solitaria y silenciosa; sólo, de tanto en tanto, volaban sobre ella el mochuelo o el águila.
Así continuó por varios años, hasta que, un día, un Cazador extranjero pidió hablar en audiencia con el Rey, y se ofreció a en­trar en el peligroso bosque. El Rey no quiso darle su permiso y le dijo:
—      Esa selva no es segura y temo que, si os aventuráis en ella, os quedéis dentro, igual que los otros.
Contestó el Cazador:
— Señor, tomo la responsabilidad de mi riesgo. Y no temo a nada.
El Cazador, pues, entró en el bosque con su perro. El perro quería cazar y fue en busca de caza, pero apenas había dado al­gunos pasos, cuando cayó en una charca profunda y no salió más. Un brazo desnudo salió del agua, lo cogió y se lo llevó.
Cuando el Cazador vio esto, volvió atrás y tornó, acompañado de tres hombres armados de cubos, que vaciaron la charca. Cuan­do llegaron al fondo, encontraron a un hombre salvaje cuyo cuer­po era tan moreno como el hierro encendido y cuyos cabellos col­gaban sobre su rostro hasta sus rodillas. Lo ataron con cuerdas y lo llevaron al castillo. Hubo gran expectación al ver aquel hombre y el Rey hizo construir para él una jaula de hierro que colocó en el patio del palacio. Prohibió que nadie abriese la puerta de la jau­la, bajo pena de muerte, y la misma Reina se encargó de guardar la llave. Después de este acontecimiento, todo el mundo pudo aventurarse en el bosque, sin peligro alguno.

Fuente original: Cuentos de Grimm, 1935.
Ilustraciones: Renier Quer (Réquer)

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