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Periquín sin cabeza

Dora Alonso

En una antigua ciudad, que lo mismo pudiera ser Santiago de Cuba que Trinidad, y en una casa" tan vieja como la ciudad, había una sala espe­cial donde se guardaban los juguetes de un niño que hacía mucho tiempo había vivido en ella.

En la solitaria vivienda, cada veinte años, ocurría algo misterioso: al dar las doce del día se ani­maba la sala de los juguetes y no quedaba velocípedo, bicicleta, carriola ni muñeco de cuer­da que se mantuviera tranquilo. Los patines co­rrían de un lado a otro, bailaban los payasos de gorro colorado, rodaban las pelotas, saltaban los conejos de goma, y todas las figuritas de los libros infantiles salían de las páginas y se hacían amigos de los juguetes.

-Buenos días, buenos días -piaba una tórtola de papel ensayando el vuelo.

-¿Dónde está María Trapitos? -pre­guntaba el oso de lana.

-Aquí estoy, Borondón -chillaba la muñeca de trapo mientras se ataba un gra­cioso pañuelo en la cabeza.

-¿Por qué llora el bebé plástico? -ave­riguaba Lili, que se peinaba a la moda su lindo pelo brotado.

-Es que quiere su tete -le explicaba una tortuguita pintada de azul que empleaba me­dia hora en dar tres pasos.

Pero ¡ay! entre tantas caras alegres había una que tenía una expresión muy triste. El muñeco de madera permanecía en su caja sin querer tomar parte en la fiesta.

El trompo empezó a dar vueltas, zumbando y canturreando:

-¡Hay muñeco escondido! ¡Hay uno escondido!

-Pues que salga, que venga con nosotros -gritaron a coro los juguetes.

Periquín, el muñeco de madera, se ocultó más. Pero el payaso, ayudado por el oso Borondón, saco a Periquín de su escondite y lo llevó hasta el centro de la sala. Enseguida lo rodearon todos, contem­plándolo con curiosidad.

Fuente original: Cocorioco
Ilustraciones: Renier Quer (Réquer)

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