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Grisélida

Charles Perrault

En cierta región de Italia, al pie de las montañas que alimentan el caudal del río Po, alzábase, hace ya muchos años, un magnífico castillo de imponentes torres almenadas, cuyas piedras, de un color gris oscuro, contrasta­ban con el verde de los frondosos árboles. Lejos del bu­llicio de la ciudad, rodeado siempre de la quietud y el silencio, el majestuoso edificio servía de retiro y descanso a un poderoso monarca. El lugar, el paisaje y el ciclo diáfano reflejándose en las tranquilas aguas, le permitían tranquilizar su espíritu y recuperar las fuerzas perdidas en los problemas de gobierno y en las rudas batallas; sólo pasar dos días en su apartado retiro le reconfortaba y daba nuevos ánimos.

Por otra parte, parecía que el cielo se había esmerado en otorgarle a nuestro rey todos los dones más precia­dos. Joven, arrogante, valiente, de viva inteligencia y sentimientos nobles, su boca veíase siempre alegrada por una sonrisa amplia y generosa y sus expresivos ojos por un brillo de bondad. Amaba entrañablemente a sus súbditos y todos le retribuían el afecto de igual manera; pero algo había que preocupaba al pueblo. Sabido es que nada hay perfecto, y el rey, a pesar de sus virtudes, adolecía de un defecto que durante mucho tiempo constituyó la preocupación de sus ministros: sin que se supiere el porqué, era enemigo declarado de las mujeres. En edad de contraer matrimonio y dar al trono un heredero, se oponía tenazmente a casarse. Decía que una reina significaría para él una preocupación, y aun – agregaba –, en el caso de tener suerte en la elección, la soberana podría querer inmiscuirse en los problemas de su incumbencia haciendo que las cosas se apartaran de su curso normal.

Fuente original: Cuentos de Perrault, 2001
Ilustraciones: Renier Quer (Réquer).