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Los Deseos ridículos

Charles Perrault

Vivió en una aldea de Francia, hace muchos años, un pobre campesino a quien la suerte castigaba de todas maneras. Trabajo que comenzaba, trabajo que termina­ba por ser un fracaso. Si sembraba las tierras, era se­guro que el viento o las heladas tronchaban los débiles tallos de las plantas antes de que llegasen a su total ma­durez. Si se dedicaba a la ganadería, alguna epidemia diezmaba sus rebaños. Aunque su buena disposición de ánimo hacía que se esforzara por sobrellevar los con­tratiempos, no siempre conseguía vencer a la desespe­ración. Y como es humano que suceda, terminó por hablar solamente de su mala suerte y no abrir la boca sino para renegar de ella.

— ¡Será posible — se decía — que mientras otras per­sonas ven compensada su vida por igual cantidad de éxitos y fracasos, yo no pueda, cuando menos, decir lo mismo! ¡Será posible que haya otro como yo que jamás en su vida haya visto satisfecho un deseo!

Muchas mañanas, cuando la aurora anunciaba la pró­xima salida del sol, se levantaba de su rústica cama dis­puesto a no salir de la casa.

— ¿Para qué he de salir —dialogaba consigo mismo—, si sé que, haga lo que haga, no lo llevaré a buen término?

Pero en seguida, pensando que tal vez su suerte cam­biaría de un momento a otro, marchaba, ya a la huerta, ya al monte; dispuesto a iniciar algún trabajo.

Fuente original: Cuentos de Perrault, 2001.
Ilustraciones: Renier Quer (Réquer)
Cotejo de obra: Leonid Torres Hebra.

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