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El Mandril y la tortuga

Anónimo

Hubo una época en que el mandril y la tortu­ga eran amigos y robaban higos del árbol del campesino, desafiando el terror de su fusil y de sus fieros perros.
Este excitante medio de vida no le interesó más a la tortuga y un día le dijo al mandril que ellos podrían sembrar sus propias higue­ras bien lejos del campesino, de su fusil y de sus fieros perros. El mandril estuvo de acuer­do y dijo que era una idea magnífica, pero como era haragán, abandonó el cuidado de su árbol, mientras que la tortuga todos los días regaba el suyo.
No era para sorprenderse que mientras el árbol de la tortuga se ramificaba y se iba po­blando de hojas, el árbol del mandril parecía morir. Finalmente, se puso mustio, se mar­chitó y se convirtió en un palo seco clavado en la tierra.
Cuando los higos aparecieron en el árbol de la tortuga, a ella se le hizo la boca agua al pensar en comérselos, y como no podía trepar al árbol, le pidió al mandril que la ayudara.
—Por supuesto —dijo el mandril, y trepó al árbol, cogió los higos maduros y los masticó, mientras el jugo le chorreaba por la boca.
—Pero te estás comiendo mis higos —gritó la tortuga, mirando hacia arriba—. Tírame algunos.
—Estoy buscando los más maduros para ti —le contestó el mandril—, los estoy pro­bando. Pronto cogerás tu parte —mientras ba­jaba, le dijo—: No pude encontrar ninguno bien maduro, por eso no te traje nada —y dando tres volteretas, se alejó entre risotadas.
La tortuga estaba muy triste cuando, sal­tando, se acercó un petirrojo que le preguntó:
—¿Por qué estás tan triste, tortuga? Parece que has perdido algo.

Fuente original: Diez cuentos africanos, 2003.
Recopilador: Forbes Stuart.
Cotejo de obra: Leonid Torres Hebra.

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