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El Poste que cobró vida

Anónimo

Había una vez un muchacho huérfano que se construyó él mismo una casa. Para apun­talar el techo del portal, moldeó un poste y le dio forma de mujer. Le talló la cara con mu­cho esmero y le puso plumas en la cabeza para que diera la impresión de que era pelo. Este era un muchacho verdaderamente so­litario.
Después de construir la casa y de haber instalado el poste del portal, el joven salió a cazar. Cuando regresó al hogar, a la puesta del sol, quedó asombrado al ver que su casa estaba limpia y ordenada, sus calabazas lle­nas de agua y sus habichuelas puestas al fuego. El muchacho se preguntaba quién po­dría haber sido tan bondadoso para hacerle todo esto.
Pero durante los siguientes cuatro días su­cedió exactamente lo mismo. El joven estaba tan perplejo que decidió quedarse en casa la mañana siguiente. Hizo como que iba de ca­cería al igual que todos los días, caminando y silbando por las lomas, pero describió un círculo y regresó, arrastrándose por la arena hasta esconderse detrás de un arbusto en el jardín cercano a la casa.
Entonces, mientras su corazón palpitaba tan fuerte que casi se le salía del pecho, supo quién había estado haciendo el trabajo en los últimos cuatro días. Fue justo en el momento que estaba mirando el poste del portal, cuan­do este se transformó en una linda doncella que salió bailando a realizar sus tareas, silbando como un pájaro y cantando con la voz más encantadora que había oído. Después que la joven terminó de ordenar y limpiar, cogió dos calabazas y se encaminó hacia el río, donde las llenó de agua.
“Es más bonita que la esposa más joven del jefe, que es famosa por su belleza —pensó el joven—. ¡Qué manera de silbar! ¡Qué mane­ra de cantar! ¡Qué alegre y dispuesta traba­ja! Y hay que ver cómo camina hacia el río, con tanta gracia como el más elegante impala. ¡Ah, si no volviera a convertirse en el poste de madera del portal cuando el sol se torne rojizo detrás de las lejanas lomas!”
Cuando la vio regresar con las calabazas llenas de agua, el corazón le latía con tanta fuerza que temió no poder hablar.
—Hola —le dijo—. Eres la mujer más bella que he visto. Por favor, quédate conmigo, comparte mi vida, y no vuelvas a convertirte en el poste de madera del portal.
Ella sonrió.
—Haré como deseas.
Su soledad desapareció como las golondri­nas al cruzar el cielo crepuscular, y las se­manas que siguieron fueron como un sueño.

Fuente original: Diez cuentos africanos, 2003.
Recopilador: Forbes Stuart.
Cotejo de obra: Leonid Torres Hebra.

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