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El Tambor mágico

Anónimo

Hace mucho tiempo, no muy lejos de la cos­ta de África, la tortuga y el leopardo vivían en el mismo pueblo. Eran, en realidad, bastan­te amistosos entre sí, y cada uno vivía, con sus dos esposas, en los extremos opuestos de la larga avenida principal.
Entonces llegó la carestía, trayendo consigo el hambre al pueblo. El rey Masemi decretó que cualquiera que encontrase alimento de­bía traérselo, y designó espías especiales para asegurarse de que sus órdenes fueran obedecidas.
Cansada de pasar hambre, la tortuga le dijo a sus esposas e hijos que iba a deambular a lo largo de la playa, y desde allí se encami­naría tierra adentro hacia el sur para ver qué podía encontrarles. Haciendo esto, ca­minó y caminó hasta que llegó a un río muy ancho y de corriente muy fuerte.
En la orilla había un cocotero que se eleva­ba hacia el cielo, y muy alto, cerca de la copa, se apiñaban los cocos.
"Esto es lo que mi hambrienta familia ne­cesita" —pensó la tortuga al comenzar a tre­par al árbol.
Cuando llegó a la copa sacudió dos cocos que cayeron al suelo, al pie del árbol; pero el tercero cayó en el río y fue arrastrado por la corriente. Sin detenerse a pensar en el posi­ble peligro, la tortuga se dejó caer en el agua para recuperar el coco.
La corriente la agarró y la arrastró río aba­jo, subiendo y bajando por la superficie, bien lejos, hasta que chocó contra un muelle de madera y una mujer que se encontraba la­vando en el lugar la ayudó a salir. A medida que la mujer la sacaba y la ayudaba a llegar a las tablas del muelle, oyó una voz que pro­venía de una casa cercana y que gritaba "¡Có­geme! ¡Cógeme!"
Cuando preguntó quién era el que gritaba de ese modo, la mujer le dijo que sólo se lo diría si le explicaba la razón de su visita. La tortuga le contó sobre la carestía, el cocote­ro, y la forma en que se había tirado al río para poder conseguir alimento para sus es­posas e hijos.
—Entra en esa casa que se encuentra allí —dijo la mujer—. Nosotros le decimos la Casa de los Tambores, porque en su interior hay muchos tambores. Algunos de ellos pueden hablar, pero a esos debes dejarlos tranquilos porque son tambores que no tienen poder. Los poderosos son aquellos que no pueden hablar.
—Y cuando haya elegido un tambor, ¿qué haré con él?
—Tráemelo y te enseñaré a utilizarlo.

Fuente original: Diez cuentos africanos, 2003.
Recopilador: Forbes Stuart.
Cotejo de obra: Leonid Torres Hebra.

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