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Kapepe la plumita

Anónimo

Cuando el jefe de una tribu dejó su aldea para cazar elefantes, su celosa reina le dio a sus otras esposas la impresión de que el jefe no deseaba tener ningún hijo varón.
—Él quiere encontrar una niña aquí cuando regrese. Deben eliminar a los niños —dijo.
Las dos esposas que esperaban niñitos estaban sumamente angustiadas. Pronto una de ellas tuvo una niña, la otra un niño. Espantada, lo puso en un alto junco cerca del río, y todos los días le traía leche y potaje al pequeño Kalombé, nombre que ella le había puesto. Una viejecita arrugada que tenía poderes mágicos lo crió y lo ayudó a crecer tan aprisa, que, en menos tiempo del que se dice, había crecido hasta ser tan alto como un hombre.
Su padre, el jefe, de regreso de su cacería, no tuvo conocimiento de la existencia de su hijo. Su madre y la menuda viejecita que vivía en los juncos, lo mantuvieron escondido allí cerca del río. Pero un día, cuando las muchachas de la aldea estaban escarbando en busca de ratas cerca de los juncos, vieron algo que parecía un conejo saltando dentro de un hormiguero que se encontraba a cierta distancia. Enterraron un palo dentro del hoyo y lo viraron y lo revolvieron hasta que oyeron una voz que gritaba:
—¡Me están haciendo daño!
Las muchachas les contaron a todas sus amistades lo que había sucedido, y al día siguiente todas fueron al lugar, pero antes de que pudieran meter el palo en el hoyo, Kalombé salió de este y les dijo:
—No le digan al jefe, mi padre, que estoy aquí, porque no desea que yo viva. Yo me presentaré a él a mi manera.
Esa noche, cuando toda la aldea dormía a la luz de la luna y las ranas croaban en los largos juncos cerca del río, Kalombé cruzó entre las chozas, tocando el tambor y cantando:
—Yo soy el hijo del jefe, pero me botaron de mi aldea cuando nací.
Antes de que se dieran cuenta de quién había estado haciendo todo ese ruido, el astuto Kalombé estaba de regreso en el río para esconderse en los juncos.

La noche siguiente volvió, pero durante la tercera noche los guardianes del jefe, apostados en su espera, lo capturaron y lo amarraron fuertemente. Bajo la flamante luz de las antorchas, padre e hijo se encontraron frente a frente por vez primera.

Fuente original: Diez cuentos africanos, 2003.
Recopilador: Forbes Stuart.
Cotejo de obra: Leonid Torres Hebra.

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