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Kodilikana

Anónimo

Siendo Kodilikana, sin duda alguna, la doncella más atractiva en toda la aldea, las otras muchachas estaban celosas de su belleza, por lo que decidieron jugarle una broma.
Afirmando que habían echado al río todas sus cuentas y adornos para rendirle homenaje al dios del río, apremiaron a Kodilikana para que hiciese lo mismo. Kodilikana cogió su collar, sus brazaletes y las ajorcas de cobre que brillaban y tintineaban en sus tobillos, y los tiró al río.
Un estruendo de risotadas salió de las bocas de las malvadas muchachas, que recogieron entonces sus joyas del lugar donde las tenían escondidas, bajo un arbusto, y se alejaron saltando, burlándose de Kodilikana por haber sido tan tonta.
Sola, se quedó de pie al lado del estanque donde estaba el sauce llorón que se inclinaba casi hasta el agua, en la que Kodilikana podía verse reflejada tan claramente como en un espejo.
—¡Estanque! ¡Estanque! ¡Enséñame mis cuentas! —gritó tres veces, y al tercer grito el estanque se abrió y desde abajo brotó una voz que dijo:
—Ven, que tus cuentas están aquí.
Aunque sentía miedo, bajó por la gran abertura que había aparecido en el agua, y se halló en una amplia cueva seca muy lejos de la superficie, donde se encontraba de pie una viejecita arrugada que sólo tenía un brazo y una pierna.
—¡Búrlate de mí! —gritó la vieja hechicera con voz aguda—. ¡Ríete de mi fealdad y búrlate de mis deformidades!
Pero Kodilikana estaba tan llena de compasión, que le dijo:
—No, madre, no me voy a reír ni a burlarme de ti, porque no creo que seas ni fea ni deforme.
—Bien, entonces —dijo la vieja, suavizando un poco la voz—, limpia mi casa, haz la cama, lava los platos sucios y limpia el suelo.

Fuente original: Diez cuentos africanos, 2003.
Recopilador: Forbes Stuart.
Cotejo de obra: Leonid Torres Hebra.

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