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La Liebre y el inkalimeva

Anónimo

Hace tiempo, en la tierra de los hotentotes, los animales reunieron toda la grasa que pudieron conseguir, y cuando salieron a buscar más, dejaron atrás al curiel para que cuidase la que tenían almacenada.
A la luz del cálido sol, este se quedó dormido enseguida, y el inkalimeva —mitad hombre, mitad mono, con un largo rabo, llegó arrastrándose y se comió toda la provisión de grasa. En el momento en que se alejaba, el curiel se despertó, le tiró una piedra al extraño animal y gritó:
—¡El inkalimeva se engulló toda la grasa que pertenecía a los animales!
Los animales oyeron este grito desesperado cuando regresaban con más grasa, y rugieron de cólera tan fieramente que nunca más volvieron a ver al curiel por ese lugar.
A la mañana siguiente, el mandril ocupó el puesto que el curiel había dejado vacante, y como la noche anterior había dormido bien, se hallaba despierto cuando el inkalimeva apareció por detrás de una duna de arena con una gran calabaza de miel en las manos.
—No te irrites, amigo mío —dijo el inkalimeva—, no vengo a hacerte daño. Mira, toma un poco de miel. Sé muy bien lo aficionado que eres a las cosas dulces.
El mandril se comió la miel con tanto gusto que quedó extasiado y ni siquiera se dio cuenta cuando el extraño animal se comió la grasa. Mientras, el inkalimeva se alejó a través de las dunas. Cuando los otros animales regresaron a casa, trayendo más grasa para añadirla a su provisión, fueron recibidos por el mandril, que gritaba:
—¡El inkalimeva se ha comido toda la grasa que pertenecía a los animales!
Cuando oyó sus ásperas respuestas, y al león rezongando que él nunca había visto al inkalimeva y que quizás el extraño animal era un mito utilizado como excusa por los ladrones, el mandril huyó y nunca más lo volvieron a ver por ese lugar.
El próximo animal que debía cuidar el almacén de grasa era el antílope. También el antílope fue víctima de los engaños del astuto inkalimeva, que le propuso jugar a los escondidos. El antílope tenía que cerrar los ojos, contar hasta cien y entonces buscar al inkalimeva. Cuando abrió los ojos y buscó, la grasa y el inkalimeva habían desaparecido.
Al ver que los otros animales regresaban ya con más grasa, gritó que la grasa de los animales se la había vuelto a comer el inkalimeva. Entonces escapó y nunca más lo vieron por ese lugar.

Fuente original: Diez cuentos africanos, 2003.
Recopilador: Forbes Stuart.
Cotejo de obra: Leonid Torres Hebra.

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