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Los Dos amigos

Anónimo

En una tribu africana nacieron dos muchachos el mismo día, y crecieron para convertirse en buenos amigos. Ndemí era el rico. Jinjo el pobre. Se parecían tanto que nadie podía distinguir uno del otro.
Después de pasar su juventud en las ocupaciones comunes de la tribu —cortando yerba, cazando liebres, ratas y ratones, y más tarde caza mayor—, Ndemí tenía el anhelo de ver algo del mundo exterior. Era natural que le pidiese a su amigo que lo acompañase.
Cuando llegaron a la aldea más cercana, Ndemí quedó tan deslumhrado por la belleza de una encantadora muchacha llamada Malama, que inmediatamente le pidió que se casara con él, añadiendo:
—Estaré preparado para dar cien cabezas de ganado por conquistar tu belleza.
—Mi padre es el jefe de la aldea —replicó ella—. Su deseo es que me case con un hombre que sea capaz de hacer cosas sobrehumanas. Él le exige a mis pretendientes una prueba tan difícil, que temo ponerme vieja sin poder casarme.
El joven le dijo al jefe:
—Señor, deseo casarme con su hija, que con seguridad es la mujer más bella de toda África. Dígame qué debo hacer, y lo haré. Donde otros han fallado, yo tendré éxito, porque mi amor por su hija no tiene límites.
Pero el joven se puso triste cuando el jefe le dijo cuál habría de ser la prueba. Vigilado por una anciana, debía pasar seis días con sus noches en una choza, sin ningún alimento o agua para mantenerse. En caso de no tener éxito, si pedía alimento o agua antes de que pasara el tiempo requerido, perdería la vida. Tan enamorado estaba, que aceptó las condiciones.
Lo metieron en una choza sin ventanas que servía de prisión. Y en la entrada, larga y estrecha, dormía la anciana sobre su estera como un perro guardián. Ndemí puso su estera contra la pared que estaba de frente a la calle, y así pasó lentamente el primer día desde la salida hasta la puesta del sol.

Cuando la noche había avanzado y los aldeanos dormían, el plan preparado por Ndemí comenzó a funcionar. Después de humedecer la pared, Jinjo le hizo un pequeño hueco con su cuchilla, pasó con cuidado un junco hueco a través de este y sumergió su extremo dentro de una calabaza con agua. Por el otro extremo, Ndemí bebió el precioso líquido vivificador sin tener que levantarse de su estera, y cuando la calabaza ya estaba vacía, Jinjo sacó el bejuco, tapó la pared para esconder el hueco y desapareció silenciosamente en la oscuridad.

Fuente original: Diez cuentos africanos, 2003.
Recopilador: Forbes Stuart.
Cotejo de obra: Leonid Torres Hebra.

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