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Los Plátanos del kinyamkela

Anónimo

Hace algunos años, en uno de mis viajes por el África, pasé por una aldea deshabitada. Las chozas estaban destartaladas y un aire tenebroso lo envolvía todo. Pero por donde­quiera había árboles y yerba, era un buen país para la cría de ganado. No podía com­prender por qué la gente había abandonado aquellos pastos tan verdes, hasta que mi guía me contó la historia.
Cerca de la aldea había un árbol hueco que había sido hechizado por un kinyamkelá, que es un espíritu destructivo. Nadie ha podido describir con mucha precisión a un kin­yamkelá, porque sólo aparece en la oscuri­dad de la noche, pero aquellos que lo han Visto dicen que tiene solamente un brazo y una pierna, y una voz que hiela hasta el tué­tano de los huesos.
Un día, dos muchachos pasaron por el lado del árbol hueco. Observaron que alguien había barrido alrededor del árbol y había col­gado un racimo de plátanos maduros de una de las ramas secas. Como estaban muy ham­brientos, se comieron los plátanos y dejaron las cascaras regadas al pie del árbol.
Esa noche, mientras dormían y la luna se escondía detrás de las nubes, oscureciéndo­lo todo, una figura con sólo un brazo y una pierna apareció repentinamente en la puerta de la choza y los despertó con una voz aguda y terrible:
—Yo soy el kinyamkela. Ustedes robaron mis plátanos y tiraron las cascaras al pie de mi árbol. ¡Por eso deben morir!
Antes de que pudieran restregarse los ojos con manos temblorosas, un torrente de pie­dras, huesos y tierra que brotó de la oscuri­dad se arrojó contra ellos y los hirió y los llenó de terror. Huyeron hacia otra choza, y a otra, pero las piedras y los huesos seguían tras ellos. Adondequiera que iban no podían escapar de los proyectiles. Ni podían ver quién se los tiraba. Brotaban de la noche —igual que viene la lluvia, el granizo, o la nieve.

Cuando los pájaros comenzaron a gorjear al amanecer, los muchachos fueron corrien­do a ver al brujo de la tribu, Kikwilo, pero las piedras, los huesos y la tierra seguían ca­yendo sobre ellos.

Fuente original: Cuentos completos, 1959.
Ilustraciones: Renier Quer (Réquer)
Cotejo de obra: Leonid Torres Hebra.

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