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Analia Tubarí y Samba Gana

Anónimo africano

En el país de Wagana reinaba la hermosa Analia Tubarí. El padre de la bella reinante había sido el rey de Wagana. Vencido en la guerra, tuvo que entregar una de sus ciudades. Su orgullo no pudo soportar aquel baldón y murió de pesar. Y la hermosa Analia Tubarí heredó el reino de su padre.

Apuestos y gallardos caballeros, y guerreros de renombre, se presentaron en la ciudad de Wagana a solicitar su mano, pero ella les exigía que reconquistaran la ciudad perdida y que ganaran, además, otras cien ciudades.

Ningún pretendiente, con ser incontables, se atrevió a emprender hazaña tan singular. Y pasaron los años y la hermosa Analia Tubarí perdió toda su alegría; cada día estaba más triste pero con la melancolía aumentaba su encanto.
Y en aquellos mismos días reinaba en un país vecino un rey que tenía un hijo llamado Samba Gana.

Gana era joven y de carácter jovial. Cuando fue mayor salió un día, acompañado de un trovador y varios escuderos, a recorrer el ancho mundo, en busca de aventuras maravillosas.

Y un día Samba Gana se batió con el príncipe de una ciudad. Todos sus habitantes presenciaron el rudo combate. Venció Samba Gana. El príncipe vencido le pidió que le perdonara la vida y le ofreció su ciudad.

Samba Gana se echó a reír y dijo:

-Tu ciudad nada me importa; quédate con ella.

Y Samba Gana siguió, alegre y risueño, su camino.
Venció, uno tras otro, a todos los príncipes vecinos, y los príncipes vencidos le ofrecían, como premio de su brillante victoria, una ciudad.

Pero Samba Gana les contestaba siempre con idénticas palabras:

-Tu ciudad no me importa nada; quédate con ella.

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