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Abelardo y Eloísa

Sarah Fidelzait

Este relato no es un cuento, ni una leyenda: pertenece a la historia. Todo ocurrió hace ya cerca de diez siglos, en una sociedad cuyos aspectos esenciales difieren de los de la nuestra. En el mundo de entonces, todos, ignorantes o letrados —estos últimos constituían una pequeña minoría—, pobres o ricos, jóvenes o viejos, eran creyentes.

Su vida cotidiana, costumbres y moral obedecían a la religión que practicaban; esto no quiere decir que todos los hombres del mundo profesasen igual religión.

Por ejemplo, en un país contiguo a Francia, del otro lado de los Pirineos, en la España de entonces, en gran parte dominada por los árabes, la religión musulmana disputaba al cristianismo el corazón de los hombres.

Pero en los límites de la Francia de aquel tiempo, todos eran cristianos y obedecían ciegamente a la Iglesia cristiana, con más intensidad si eran pobres e ignorantes. Para los poderosos hubo siempre “arreglos con el cielo”.

La sociedad francesa de la época estaba dividida fundamentalmente en tres grupos (nosotros diríamos hoy clases): primero el rey y los señores feudales, luego la Iglesia, y después la inmensa mayoría de los trabajadores del campo y los artesanos de las nacientes ciudades, los cuales tenían que trabajar muy duro para pagar los impuestos que les imponían.

Los señores feudales no hacían otra cosa desde su infancia que aprender el manejo de las armas, con el fin de prepararse para la guerra, entre ellos o contra el extranjero. La gente de Iglesia —la iglesia secular— tenía a su cargo toda la enseñanza de los laicos. Los otros, que vivían en monasterios y abadías, se dedicaban a la oración, al estudio de los textos sagrados y ya, desde el siglo XI, al estudio de la filosofía de la Antigüedad; buena parte de su tiempo lo empleaban en escribir sobre pergaminos la vida de los apóstoles, de los santos, de los padres de la Iglesia, magníficos manuscritos ornamentados de miniaturas que hoy consideramos verdaderas obras de arte.

Teóricamente era el papa el jefe supremo de la Iglesia cristiana y quien se hallaba por encima de los emperadores, reyes y señores; solo él o sus representantes tenían el derecho de designar a los demás miembros de la Iglesia. Pero, a menudo, los poderosos señores feudales imponían a sus protegidos por la fuerza, o mediante la compra de los cargos eclesiásticos a alto precio. Ello propiciaba, en la época que nos interesa, un clima de corrupción en el seno de la Iglesia. Es así, por ejemplo, que muchos de los sacerdotes no respetaban el celibato, cuestión esta sobre la cual el papado no se había pronunciado definitivamente aún en lo concerniente a los teólogos y otros miembros de la Iglesia secular.

No obstante, el matrimonio era mal visto para todos aquellos encargados de la enseñanza y, en particular, de la enseñanza de la religión. Más grave era el hecho de que algunos sacerdotes comerciaran, sobre todo para el enriquecimiento de sus parroquias, vendiendo indulgencias y perdonando pecados mediante dinero. Es decir, que la pureza del dogma y de las costumbres estaban lejos de ser totalmente respetados.

Fuente original: Abelardo y Eloísa, 2005.
Colaboración: Editorial Gente Nueva

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