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Belleza negra

Anna Sewell

I
Mi primer hogar

El primer lugar que puedo recordar bien era una larga y apacible pradera que tenía un estanque de aguas claras sobre las que se inclinaban unos árboles que daban buena sombra, y en cuya superficie se veían juncos y nenúfares. Rodeando la pradera hacia un lado y separado por un seto, se extendía un campo sembrado; al otro lado, delimitado por una valla, podíamos ver la casa de nuestro amo, que estaba al borde mismo del camino. Unos abetos bordeaban la cima de la pradera, mientras que abajo corría un arroyo, al pie de un profundo talud.
De pequeño me alimentaba de la leche de mi madre, pues no podía comer hierba. Durante el día correteaba junto a ella, y por la noche me tumbaba a su lado. Cuando hacía calor, solíamos permanecer junto al estanque, a la sombra de los árboles, y cuando hacía frío, teníamos un agradable refugio calentico cerca de los abetos. En cuanto fui lo bastante mayor para comer hierba, mi madre salía a trabajar durante el día y volvía por las tardes. En la pradera había otros seis jóvenes potros aparte de mí. Eran mayores que yo; algunos, ya casi del tamaño de un caballo adulto. Solía correr con ellos y me divertía en grande. Galopábamos juntos, dando vueltas y vueltas alrededor de la pradera, tan velozmente como podíamos. A veces nuestros juegos eran algo rudos, pues ellos solían morderse y darse coces mientras galopaban.
Un día en que hubo más coces que de costumbre, mi madre dio un relincho para atraerme hacia ella y me dijo:

Fuente original: Belleza negra, 2002.
Colaboración: Editorial Gente Nueva