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Vacaciones en la arrocera

Julio Crespo Francisco

Raudel lleva rato dando vueltas y más vueltas en la cama esperando que suene el dichoso despertador. "Seguro que está roto", piensa, "Voy a llamar a papi para no levantarnos demasiado tarde," Sin aguardar más, el muchacho se incorpora y comienza a vestirse, Cuando ya tiene puestos el pan talón y la camisa, oye el deseado "rinnn" en el cuarto donde duermen sus padres, Entonces se acuesta precipitadamente y se cubre con la frazada, Poco después siente unos pasos que se acercan, y cierra los, ojos, haciéndose el dormido. En el momento que la madre trata de despertarlo, de entre la colcha surge su cabeza con el pelo revuelto, con unos ojos bien abiertos y una sonrisa llena de picardía.

-¡Muchacho, pero ya estás despierto!

-¡Despierto y vestido!

Después fue levantarse, lavarse los dientes y la cara, y desayunar. Raudel se puso entonces su inseparable gorra de pelotero y, cuando ya había cogido el maletín con la ropa, oyó la voz burlona de su padre que le decía, señalando hacia su camisa:

-Oiga, amigo, allá en Jíbaro no se usa la ropa al revés.   A la risa del padre, de la madre y del propio Raudel, se unió el pito del yipi que los venía a buscar para llevarlos rumbo al sur.

El viaje duraba algo más de una hora; antes de llegar, Raudel miró extrañado hacia un árbol que estaba a un lado de la carretera y cuyas ramas se veían totalmente blancas, como si estuvieran cubiertas por grandes copos de algodón. Al verlo tan interesado, el padre le aclaró:

-Es un dormidero de garzas blancas; ya te cansarás de verlas en esta zona.

Poco después llegaron a la casa de visita del plan arrocero. Era un edificio de madera, amplio y fresco, donde se albergaban algunos de los trabajadores. Allí dejaron el maletín y fueron hacia las oficinas. El muchacho esperó afuera, observando el ir y venir de camiones, yipis, tracto res y motocicletas.

Era la primera vez que Raudel estaba en Jíbaro y  nada escapaba a su vista. Indudablemente, había sido una buena idea que el padre y el hijo pasaran juntos sus vacaciones. Así, Raudel aprovecharía su semana de receso es- colar y el padre descansaría sin dejar de saber cómo iban las cosas en su trabajo.

Varios minutos más tarde, montaron nuevamente en el yipi. Tomaron por un recto terraplén y una nube de polvo los perseguía de cerca. Ante los ojos de Raudel se abría una inmensa llanura; lo que más llamó su atención fue que no hubiera árboles. Sólo muy lejos, hacia el sur, se adivinaban algunos, confundidos con el horizonte. A uno y otro lado, los extensos, interminables campos de arroz, bordeados por los canales de riego. Al frente, el largo terraplén que ya a lo lejos se veía delgado como un hilo.

Fuente original:Vacaciones en la arrocera, 1984.
Ilustraciones: Irma Pérez Jiménez
Cotejo de obra: Olga Marta Pérez.
Digitalizado por: Daleinys Yisel Pérez Echevarria.
Editor: Olga Marta Pérez.
Especialista: Dayana Castillo de la Torre.
Colaboración: Biblioteca Provincial Rubén Martínez Villena (Sancti Spíritus)

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