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Cuba, encuentro con su naturaleza

Abel Hernández Muñoz

Génesis

En el universo no hay nada en reposo: los planetas giran alrededor del Sol; este se mueve a su vez en el espacio estelar; la luna da vueltas; los océanos se trasladan con las olas, mareas y poderosas corrien­tes que circundan la Tierra; la misma corteza terrestre se arruga, se estira, sus bloques migran y estalla en erupciones volcánicas, que ocasionan terribles tsunamis; el aire y la lluvia erosionan los paisajes; como sierras, los ríos abren anchurosos valles entre las montañas o cambian sus cauces.

Producto de un lento proceso de cataclismos (deriva de placas tectónicas, fallas, pagamientos, terremotos y volcanes), surgieron y se hundieron las islas. Así se originó hace millones de años Cuba, nuestro archipiélago, a partir de una guirnalda de islas muy elevadas, que después, debido a la erosión y deposición de sedimentos, se juntaron o separaron varias veces a causa de las transgresiones y regresiones marinas.

Ocurrieron también fríos extremos, llamados glaciaciones, durante los cuales la temperatura global media descendía notablemente. En la última de las glaciaciones, ocurrida hace unos 17 000 años, la superficie territorial de Cuba era 300% superior a la de hoy. En los períodos de calor, entre una y otra glaciación, la temperatura del planeta subía, se derretían los casquetes polares y aumentaba el agua de los océanos. Cada aumento o descenso del nivel del mar provocaba que creciera o disminuyera el territorio insular.

Cuba experimentó además, hace 65 000 000 de años, las consecuencias del impacto cercano de un meteorito de varios kilómetros de diámetro que cayó en la península de Yucatán, el cual generó un tsunami con olas de hasta 1 ó 2 kilómetros de altura.

En la actualidad el archipiélago cubano tiene 109 886 kilómetros cuadrados de territorio.'1 La cifra ha variado de un siglo a otro, también de una década a otra. Lo mismo ocurre con los cayos, la cantidad total ofrecida por distintos geógrafos ha ido desde 600 hasta 4000. Nadie, sin embargo, ha definido cuándo una franja de mangle es lo suficientemente grande para considerarse cayo, o qué ancho debe tener un canalizo para separar dos porciones de tierra. Para añadir a la confusión, las mareas inundan y exponen diariamente centenares de porciones de suelos bajos, y también hacen crecer o achicar cada cayo. Cualquiera que sea el método y la talla acordada para clasificar un manglar como territorio cuantificable, las mareas harán que aquellos situados justo por debajo del límite seleccionado, cuenten como cayos en horas de la mañana, la tarde, o la madrugada. Como si no bastara, los huracanes destruyen, en horas, grandiosas producciones de vida y transforman la geografía. El sol, el aguay la clorofila comienzan a componer lo deshecho al día siguiente.

Fuente original: Cuba, encuentro con su naturaleza, 2010.
Ilustraciones: Armando Alcorta Rodríguez.
Especialista: Dayana Castillo de la Torre.
Colaboración: Biblioteca Provincial Rubén Martínez Villena (Sancti Spíritus)

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