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Diario de Ana Frank

Ana Frank

Palabras preliminares

Para cualquier adolescente del mundo arribar a la venturosa edad de los quince años viene a significar algo así como estar de puertas y ventanas abiertas, centro del universo y el universo mismo. Ana Frank tenía quince años cuando víctima del odio y de lo más execrable del hombre muere en Bergen- Belsen, un campo de concentración nazi, por el único delito de ser judía.

Ana nació el 12 de junio de 1929 en Alemania, en Francfort del Meno, y cuando apenas tenía cuatro años fue llevada por sus padres, que huían de las persecuciones nazis, a Holanda. Allí fue a la escuela, tuvo amigos y admiradores, creció y se hizo una jovencita: ¿qué adolescente no ha sido llamada al orden alguna vez en sus clases por parlanchina? Ana lo fue y sorteó con verdadero ingenio la prueba; ¿qué adolescente no gusta de tener amigos, de confiarse a alguien, de agradar al sexo opuesto? Ana no fue la menos, tuvo amigos, gustaba del flirteo y la mutua simpatía, y cuando quiso confiarse sin reservas buscó a Kitty, su muñeca. Pero las hordas fascistas llegaron también a Holanda y ya Ana no pudo seguir circulando libremente por su querida Amsterdam, ni frecuentar amigos, ni tener escuela… Ana y su familia tuvieron que esconderse y Ana solo tenía trece años. Había comenzado un Diario que continuó en su escondite ubicado en el anexo o las habitaciones de atrás de un edificio. Lo escribió entre el 12 de junio de 1942 y el 1o de agosto de 1944, y la destinataria fue su muñeca, o ella misma, y por feliz azar, también nosotros. Conmovedor testimonio de la infatigable adolescencia de una apenas niña, de su encontrarse con el mundo y de afianzarse en él, de su agudeza en el conocimiento de sí misma y de los demás, de sus contradicciones y conflictos, de la incomunicación con la madre, de sus primeros encuentros amorosos, de su singular inteligencia.

En uno de los días del Diario llega a decir: «vi surgir en mi imaginación los campos de concentración y las celdas solitarias». Cuando el 4 de agosto de 1944, entre las diez y las diez y media de la mañana, la policía nazi, alemana y holandesa, invade el anexo y son apresados los ocho allí escondidos, la brutalidad del hombre, su enemistad con el hombre dio a la inocencia ya no la imaginación, sino la certidumbre del dolor, del odio, y de la muerte. Entonces, para quien se confiesa «al salir de aquí lo que más yo deseo es volver a la escuela», no hubo ya más escuelas. Para quien «considero a Assy van Marxueld un autor formidable. Tengo la firme intención de leer todos sus libros a mis hijos», porque Ana era capaz de devorar volúmenes enteros de la más variada y real cultura, la deshumanización del hombre, su xenofobia, le impidió llegar a la adultez y tener hijos. También dice: «…tendré un lugar en el mundo y trabajaré para mis semejantes».

Cuando junto a Margot, su hermana, fue trasladada de Auschwitz a Bergen-Belsen, al norte de Alemania, a finales de octubre, y como consecuencia de una epidemia de tifus mueren, Margot, a finales de febrero, y Ana, a principios de marzo de 1945, sentimos que, ciertamente, su anhelado lugar en el mundo: ser periodista, quedó trunco. No así «un lugar», pues el de Ana será siempre el de su Diario, y su eterna juventud.

El campo de concentración en el que se encontraba fue liberado por las tropas inglesas el 12 de abril de 1945, a un escaso mes de haber muerto Ana, pero conforme a su voluntad: «trabajaré para mis semejantes », seguimos sintiendo su canto de amor y de esperanza, su preferida Pequeña serenata nocturna, de Mozart, como infalible antídoto contra la necedad y el crimen; y su clamor de justicia y de virtud para que no volvamos a desgarrarnos en lo más íntimo ante otras Anas.

AMANDA CALAÑA CARBONELL

Fuente original: Diario de Ana Frank, 2009.
Colaboración: Editorial Gente Nueva.

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