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De cómo el autor fue burlado en Newark

Mark Twain

Pocas veces resulta agradable hablar de uno mismo, pero de cuando en cuando es conveniente experimentar el alivio de hacer una confesión. Quiero, pues, descargar mi mente y, sin embargo, casi me mueve más a hacerlo mi deseo de alcanzar censuras hacia uno de mis prójimos, que el de verter un poco de bálsamo sobre mi lacerado corazón. (No sé de qué bálsamo se trata; pero me parece que esta es la expresión adecuada para usar algo en semejante ocasión: no sé de dónde sacan esto de bálsamo.)

Es posible que recuerden ustedes la conferencia que di últimamente en Newark a los jóvenes caballeros del círculo N. Si no la recuerdan, les advertiré que la di. Durante la tarde de aquel día estaba yo hablando con uno de los jovencitos de la mencionada sociedad, quien me dijo que tenía un tío cuya vida, por razones a las que no presté atención alguna, parecía haber transcurrido permanentemente desprovista de toda emoción. Con lágrimas en los ojos, añadió:

—¡Ay, si pudiera yo verlo sonreír, aun cuando fuera una sola vez! ¡Oh, si pudiera verlo llorar…!Yo me conmoví. Nunca he podido soportar el infortunio, y le dije:

—Haga usted que escuche mi conferencia. Verá como lo muevo a una u otra cosa, en gracia a su petición.

—¡Oh, si pudiera usted hacerlo…! Si lo consiguiera usted, toda nuestra familia lo bendeciría eternamente… Lo queremos tanto. ¡Oh, mi bienhechor!, ¿podrá usted hacer surgir sedantes lágrimas de aquellos ojos inánimes?

Yo estaba profundamente conmovido, y contesté:

—Hijo mío, traiga con usted a su anciano tío. Tengo preparadas para esta conferencia algunas cosas, y si a él le queda algo de risa en el alma, no podrá menos que soltarla. En caso de que tales cosas no surtan efecto, tengo otras que o lo hacen llorar o lo matan; una de dos.

Entonces el jovencito me bendijo y, derramando abundantes lágrimas, me echó los brazos al cuello y se fue inmediatamente en busca de su tío. Por la noche, lo acomodó en un lugar muy destacado, la segunda fila, y yo la emprendí con él. Primero, lo puse a prueba con discretas bromas y luego con otras de más calibre; lo abrumé con malas ocurrencias y expuse algunas buenas a su consideración; le espeté viejos chistes, sazonándolos de cuando en cuando con los más recientes y desconocidos, me fui entusiasmando en mi obra y lo ataqué a diestro y siniestro, a vanguardia y retarguardia; sudé, me desgañité, declamé, gesticulé hasta enroquecer y enfermar de furia y desesperación, pero ni una sola vez lo hice abandonar su impasibilidad.

Fuente original: De cómo el autor fue burlado en Newark, 2006.
Colaboración: Editorial Gente Nueva.

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