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La Pelota de oro

Hermanos Grimm

En tiempos muy remotos, cuando bastaba desear algo  para alcanzarlo, vivió un rey que tenía varias hijas muy hermosas. La más pequeña era tan linda que hasta el mismo sol, que tantas cosas ve, no podía contener su asombro cada vez que la miraba.

Junto al palacio del rey extendíase un bosque grande y oscuro, y allí, bajo el viejo tilo, fluía un manantial. En los días de mucho calor la princesita gustaba sentarse a la fría orilla de la fuente y, en cuanto se aburría, sacaba una pelota de oro y la tiraba al aire para atraparla de nuevo; esta pelota era su juguete favorito y nunca se cansaba de jugar con ella.

En cierta ocasión, la pelota de oro no cayó en la manita que la niña le tenía tendida, sino que fue a parar al suelo y, rodando, se hundió en el agua. La princesita la siguió con la mirada, pero la pelota desapareció, pues el manantial era tan profundo, tan profundo, que no se le podía ver el fondo. Entonces, comenzó a llorar y a llorar más y más alto, desconsoladamente. Mientras así se lamentaba, escuchó una voz que le decía:

—¿Qué te pasa, princesita? ¡Lloras como para ablandar las piedras!

La niña miró hacia el sitio de donde venía la voz, y vio a una rana que asomaba por la superficie del agua su grande y fea cabeza.

—¡Ah, vieja chapoteadora, eres tú! —dijo—. Pues lloro por mi pelota de oro que ha caído en la fuente.

—Estate tranquila y no llores —respondió la rana—. Yo puedo ayudarte. Pero, ¿qué me darás si te saco el juguete del agua?

—Lo que tú quieras, mi buena rana —dijo ella—: mis ropas, mis perlas y joyas; hasta la corona de oro que llevo.

Pero la rana contestó:

Fuente original: Cuentos de Grimm, 2003.
Colaboración: Editorial Gente Nueva.

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