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El Sastrecito valiente

Hermanos Grimm

Cierta mañana de verano estaba un sastrecito sentado a su mesa, junto a la ventana; risueño y de buen humor, se había puesto a coser a todo trapo. En esto pasó por la calle una vendedora que gritaba:
—¡Rica mermeladaaaa… Barataaaa! ¡Rica mermeladaaa, barataaa!
Este pregón sonó a gloria en sus oídos. Asomando el sastrecito su fina cabeza por la ventana, llamó: —¡Eh, mi amiga! ¡Sube, que aquí te aliviaremos de tu mercancía!
Subió la vendedora los tres tramos de escalera con su pesada cesta a cuestas, y el sastrecito le hizo abrir todos y cada uno de sus pomos.
Los inspeccionó uno por uno acercándoles la nariz y, por fin, dijo: —Esta mermelada no me parece mala, así que pésame cuatro onzas, muchacha, y si te pasas del cuarto de libra, no vamos a pelearnos por eso.
La mujer, que esperaba una mejor venta, se marchó malhumorada y refunfuñando:
—¡Vaya! —exclamó el sastrecito frotándose las manos—. ¡Ojalá que esta mermelada me dé salud y fuerza! —y, sacando el pan del armario, cortó una gran rebanada y la untó a su gusto. «Parece que no sabrá mal», se dijo. «Pero antes de probarla, terminaré esta chaqueta».
Dejó el pan sobre la mesa y reanudó la costura; y tan contento estaba, que las puntadas le salían cada vez más largas.
Mientras tanto, el dulce aroma que se desprendía del pan subía hasta donde estaban las moscas sentadas en gran número y éstas, atraídas por el olor, bajaron en verdaderas legiones.
—¡Eh, quién las invitó a ustedes! —dijo el sastrecito, tratando de espantar a tan indeseables huéspedes.
Pero las moscas, que no entendían su idioma, lejos de hacerle caso, volvían a la carga en bandadas cada vez más numerosas.

Fuente original: Cuentos de Grimm, 2003.
Colaboración: Editorial Gente Nueva.

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