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Elsa la lista

Hermanos Grimm

Erase un hombre cuya hija no daba un solo paso sin usar su cabeza, por lo que le llamaban Elsa la lista.
En cuanto fue mayor, su padre dijo: —Es tiempo de que se case. Y la madre dijo:
—Sí, con tal que alguien la quiera. Por aquel entonces llegó de muy lejos un joven campesino a quien llamaban Juan, y éste dijo:
—Sí, me casaré con la muchacha, a condición de que sea tan lista como dicen.
—¡Oh —dijo el padre—, nuestra Elsa no es ninguna tonta! Y la madre dijo: —¡Ay, qué gran verdad es ésa! De tan lista que es, puede ver al viento cuando viene calle abajo. Y además, hasta oye toser a las moscas.
—Bueno, ya se verá —dijo Juan—. Pero si no es lista, no me caso.
Sentados ya a la mesa, la madre dijo:
—Elsa, baja al sótano y trae cerveza.
La lista muchacha tomó una vasija del estante y se fue trota que trota escaleras abajo, haciendo sonar vivamente la tapa por el camino para no perder el tiempo.
Una vez en el sótano buscó un taburete, lo puso frente al barril y se sentó para no tener que agacharse, no fuera a ser que, a lo mejor, le diese un dolor en la espalda. Luego colocó el jarro en su sitio y le dio vuelta a la llave.
Pero mientras esperaba a que se llenase el jarro, para no tener los ojos sin hacer nada empezó a mirar por todas partes, pared por pared, hasta llegar al techo. ¡Y descubrió, justamente encima de su cabeza, una piqueta que los albañiles habían dejado allí por descuido!
Y ya tienen ustedes a Elsa la lista llorando a más no poder mientras pensaba: «Si me caso con Juan y tenemos un hijito y, cuando sea mayor, lo mandamos a buscar cerveza aquí abajo, ¡esa piqueta puede muy bien caerle en la cabeza y matarlo!» —y allí se quedó sentada llora que te llora a todo pulmón por el posible accidente.

Fuente original: Cuentos de Grimm, 2003.
Colaboración: Editorial Gente Nueva.

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