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El Dragón y su abuelita

Hermanos Grimm

Había una vez una guerra. El rey de esta guerra tenía muchos soldados; pero aunque le gustaba que peleasen y muriesen por él, no estaba dispuesto a pagarles lo necesario. Ocurrió que tres de los soldados se pusieron de acuerdo para escaparse.
—Pero, ¿cómo vamos a lograrlo? —dijo uno de ellos—. Si nos agarran nos mandan a la horca.
—¿Ves ese campo de centeno? —dijo otro—. Nos deslizaremos hasta allí al atardecer, y permaneceremos escondidos hasta que caiga la noche. Mañana el ejército se pondrá en marcha y entonces escaparemos sin peligro.
Pero las cosas no sucedieron como habían pensado. Llegaron nuevas órdenes y el ejército se quedó donde estaba día tras día. En el campo de centeno los tres fugitivos esperaron y esperaron, sin comida y sin agua. No se atrevían a salir de su escondite y todo parecía indicar que los matarían la sed y el hambre.
Por fin se apareció… ¿quién…? Pues un dragón que vino volando y aterrizó allí en el campo de centeno, enroscándose y desenroscándose entre las espigas, envuelto en llamas.
—Soldados, ¿eh? —les dijo—. ¿Por qué están aquí escondidos?
—Nos escapamos del ejército del rey —contestaron ellos— porque la paga era poca y la pelea mucha. Pero aquí nos tienes, muriéndonos de hambre. No podemos salir a buscar comida porque seguramente nos capturarían y no quedaría uno solo para contarlo.
—Vaya, vaya —dijo el dragón—. Yo puedo salvarlos, muchachos; y hasta lo haría con gusto si prometieran servirme durante siete años. Los soldados se miraron dudosos, pues no les hacía ninguna gracia el tener a un dragón por amo.
«Sin embargo», se dijeron, «no nos queda otro remedio». Después de todo, cualquier cosa será mejor que balancearse en el extremo de una soga a morirse de hambre en este campo de centeno. Así que le prometieron lo que pedía.
El dragón los asió con sus garras, se remontó muy alto sobre el ejército y los llevó a una gran distancia del campamento. Después de depositarlos cuidadosamente en el suelo, les entregó un pequeño látigo a cada uno y les dijo:
—Señores, hagan restallar estos látigos y verán como saltan por los aires las monedas de oro como si fuesen grillos. Cuanto más restallen los látigos, más dinero tendrán. ¿Se dan cuenta? Pueden vivir como príncipes y divertirse a mares. Tal será la vida que lleven durante siete años. Al cabo de ese tiempo les propondré una adivinanza. Si la aciertan, se quedan con los látigos y ya no tendré poder sobre ustedes.

Fuente original: Cuentos de Grimm, 2003.
Colaboración: Editorial Gente Nueva.

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