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Cuentos escapados de la lluvia

Carlos Santos Montero

LA ARAÑA SABIA
Una semana antes de su cumpleaños Ana se puso a escuchar cómo el señor invisible soplaba con fu­ria sobre los árboles. Desde la ventana de su cuar­to en lo alto del edificio, miró caer las flores del flamboyán y los mangos en flor. El cielo, vestido de nubes oscuras, anunció luto por el secuestro del sol, y las nubes lanzaron a tierra su llanto en forma de aguacero.
Solamente la araña colgada en una esquina del techo, se mostró alegre con la ausencia del sol. La vida le resultaba más ventajosa en esos días y ella no perdía tiempo. Terminó de tejer una trampa alrededor de la lámpara de la sala y con sus acrobacias se puso a espantar a las moscas que habitaban el balcón. Al fin una mosca grande y obesa, de alas verdes, se precipitó dentro de la casa, recorrió la sala y se lanzó furiosa contra la telaraña. ¡Zas...!, chocó, y sus amigas, atemoriza­das, cerraron los ojos. Pero la enorme mosca atrave­só la trampa con la facilidad que emplea un gigante para destrozar la tela de un mosquitero.
Las otras moscas notaron la derrota de la araña y silbando un estribillo de combate, se adueñaron de la mesa y las sillas de la sala. La araña no se preocu­pó por hacer otras redes; abochornada, de unos sal­tos desapareció dentro del cuarto cercano.
Allí estaba Ana. Era tanta su angustia que la ara­ña se puso a tejer redes hasta cubrir la ventana.
-Sssh, ssh, mírame. He tejido redes que le impedirán

el paso a la nostalgia; pronto podrás reír, ya lo verás.
-¿Y tú quién eres? -Ana se había asustado y man­tenía una mano en alto para defenderse.
-No temas, soy una araña sabia y vine a ayudarte.
-¿Ayudarme...? ¿Tú no serás uno de esos prínci­pes que aparecen en los libros de cuentos? -dijo y bajó la mano.
-¿Yooo? Ni pensarlo, no quiero ser el personaje de nadie; tengo vida propia, ¿no lo ves?
La araña, ofendida, corrió por la ventana y saltó al piso una y otra vez para demostrar que estaba bien viva.
-Perdona, es que mis amigas hablan de prínci­pes hechizados y pensé que podías ser uno de ellos.
No importa, yo también fui grosera contigo. Es­tabas tan triste que no debí aparecer de pronto: pude asustarte, sabes.
Ana se detuvo a observarla. No tenía las patas peludas como las arañas que asustan y muerden. Esta era pequeña de cuerpo y de largas y finas patas; ágil y graciosa.
-Eres una araña muy simpática, me haces reír.
-Pues ríe, serás la primera persona que se ríe conmigo. Eso es muy bueno.
-Ya no puedo, es que estoy triste; en la mañana hubo un secuestro.
La araña se descolgó de la pared y se balanceó hasta quedar a la altura de los ojos de la niña. Pare­cía emocionada cuando dijo bajito.
-Bueno, en qué te puedo ayudar; me gustaría que sonrieras siempre.
Ana se entusiasmó con la proposición de la araña. Su cara se llenó de alegría y las cejas se le arquearon de una forma cómica. Luego miró por la ventana, vio el cielo nublado y volvió a entristecerse.

Fuente original: Cuentos escapados de la lluvia
Ilustraciones: Alexander Rodríguez Hernández.
Colaboración: Biblioteca Provincial Julio Antonio Mella (Isla de la Juventud)