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Dingo, historia de un primer amor

Ruvim Fraerman

Capitulo Primero

Sumergido en el agua, el fino sedal se perdía bajo una gruesa raíz que se movía ligeramente al impulso de la corriente.
La niña pescaba truchas.
Estaba sentada, inmóvil, en una peña, y el río la envolvía en su fragor. Tenía los ojos puestos en el río, pero el brillo esparcido por doquier sobre las aguas cansaba su mirada, que no era fija. La chica la levantaba a menudo para observar la lejanía, donde combados montes, erizados de bosque, se erguían a la orilla misma del río.
El cielo estaba aún claro y, aprisionado entre las montañas, parecía una llanura iluminada tenuemente por el sol del ocaso.
Pero no era aquel aire —familiar desde los primeros días de su vida— ni el cielo lo que cautivaba en aquel momento su atención.
Muy abiertos los ojos, seguía el eterno fluir del agua, esforzándose por imaginarse las tierras lejanas a las que el río iba a parar y los remotos confines en donde nacía. ¡Dios santo, cómo anhelaba ver otras tierras, otro mundo: por ejemplo, el dingo, el perro salvaje de Australia! Después sintió, además, el deseo de ser aviadora y de cantar un poquito.
Y comenzó a cantar. Primero bajito, y luego, más fuerte. Su voz era agradable. Pero a su alrededor todo estaba desierto. Sólo había allí una rata de agua que, asustada por la canción, se zambulló cerca de la raíz y echó a nadar hacia los juncos, arrastrando a su madriguera una cañita verde. La cañita era larga, y la rata se afanaba en vano, sin fuerzas para vencer la resistencia que le oponía la espesa hierba del río. La niña miró compasiva a la rata y dejó de cantar. Luego se levantó, y sacó del agua el sedal.
Al levantar la mano, asustó otra vez a la rata, que se ocultó en el cañaveral, y una oscura trucha moteada, que hasta aquel instante permaneciera inmóvil en la clara corriente, saltó en el agua y se perdió en el fondo.
La niña se quedó sola. Miró al sol que tocaba ya a su ocaso y descendía hacia la cumbre del monte poblado de abetos. Aunque era ya tarde, la niña no se apresuraba a marcharse de allí. Se volvió lentamente, sin bajar de la peña, y echó a andar despacio, senda arriba, al encuentro del alto bosque que descendía por la suave ladera de la montaña.
Entró sin temor en el bosque.
El fragor del agua que brincaba entre las hileras de peñascos quedó a sus espaldas, y ante ella abrió sus puertas el silencio.
En medio de aquella quietud eterna percibió de pronto la niña el sonido del clarín, que recorrió el cortafuego bordeado por añosos pinos albares de inmóviles ramas y repercutió en sus oídos, recordándole que debía apresurarse.
Sin embargo, ella no apretó el paso. Bordeando un pequeño pantano de redondeado contorno, en el que crecían unas flores amarillas, se inclinó y, hurgando la tierra con un afilado palo, recogió aquellas flores de lívidos pétalos, en unión de sus raicitas. Y tenía ya las manos llenas de flores, cuando tras ella sonaron unas pisadas y una fuerte voz, que pronunciaba su nombre:
—¡Tania!
Volvió la niña la cabeza. En el cortafuego, cerca de un alto hormiguero, vio a Filka, un chico nanai, que la llamaba con la mano. Tania se acercó, mirando cordialmente al muchacho.

Fuente original: Dingo, historia de un primer amor, 2005.
Colaboración: Editorial Gente Nueva.

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