Logo UNICEF. Enlace al sitio. Abre en ventana aparte.




El Astrólogo

Walter Scott

Prefacio
I

A principios de noviembre de 17… un joven inglés recién salido de la Universidad de Oxford, deseando visitar algunos puntos del norte de Inglaterra, llegó hasta la frontera de Escocia. El día que da comienzo esta historia había llegado hasta el condado de Dunfries, donde se proponía visitar las ruinas de un monasterio y tomar apuntes gráficos desde diversos puntos de vista. Se entretuvo tanto en esta labor que cuando montó a caballo para proseguir su viaje había desaparecido ya la luz del sol y se extendían por el espacio las tintas del crepúsculo.

Nuestro viajero tenía que seguir su camino a través de una dilatada extensión tapizada de hierba negruzca, por un camino real abierto en ella. A medida que avanzaba y que las sombras de la noche crecían, mayor era su afán de preguntar a los escoceses caminantes que encontraba al paso la distancia que lo separaba de la aldea de Kippletrigan, donde pensaba pasar la noche.

El infeliz rocín que montaba nuestro héroe debió de pensar que el viaje iba haciéndose pesado, porque empezó a acortar el paso, sin dar más señales de sentir las espuelas de Mannering que algún que otro relincho lastimero. El jinete empezó a perder la paciencia de tal modo que llegó a creer que Kippletrigan se alejaba de él a medida que avanzaba; y cansado, como el que ignora el terreno que pisa, viajero en un caballo rendido, y rodeado de sombras por todas partes, resolvió pasar la noche en el primer albergue habitado que encontrara, por pobre que fuese, a menos que hallara quien lo guiase a Kippletrigan.

Una mísera choza le dio ocasión de poner en práctica su proyecto. Después de llamar varias veces sin obtener respuesta oyó al fin, en medio de un infernal alboroto producido por los ladridos de un perro y por
una serie de maldiciones, que una voz de mujer le preguntaba qué quería.

—Voy a Kippletrigan, buena mujer —contestó—; pero como supongo que está distante todavía, le suplico que se digne albergarme durante la noche.

—¡Eso sí que no, buen hidalgo! Estoy sola, porque Santiago ha ido a la feria, y ni aun por salvar mi vida abriría la puerta a vagabundos o trasnochadores.

—¿Y qué he de hacer en ese caso? ¿Quiere que pase la noche a la intemperie?

—Puede ir a la Plaza Nueva, donde lo recibirán, se lo aseguro, sin preguntarle si es noble o plebeyo.

—¿Cómo podré saber dónde está esa plaza e ir hasta ella? Si sabe de alguien que pueda guiarme le pagaré bien.

Estas palabras produjeron un efecto mágico, pues dirigiéndose a alguien
en el interior de la choza añadió la mujer:

—Jock, aquí tienes un caballero que desea que lo acompañes hasta la Plaza. Pero volando, ¿eh? Este joven —añadió dirigiéndose a Mannering— le enseñará el camino y le garantizo que será bien recibido.

Salió a poco un muchacho como de doce años que tomó del diestro el caballo de Mannering y, siguiendo hacia la izquierda de la choza, se internó en un sendero maloliente hasta llegar a una tapia derruida; pasaron después por una calle bordeada de árboles y enseguida arribaron a un extenso edificio ruinoso coronado de torres. Al fijar en él los ojos el joven experimentó una impresión desconsoladora.

—Eso ya no es casa —dijo a su guía—; sólo quedan las ruinas.

—Sí; pero ahí han vivido mucho tiempo los señores de la comarca. Esta es la antigua plaza de Ellangowan. Dicen que vagan por ella muchos duendes; pero no tema: yo jamás he visto uno, y además estamos ya a las puertas de la Plaza Nueva.

Fuente original: El Astrólogo, 2004.
Colaboración: Editorial Gente Nueva.

Real Time Web Analytics
Estadisticas Gratis