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El Desquite de Sandokan

Emilio Salgari

Capítulo Primero
El asedio

Si hubiese estallado una granada a los pies de los dos tigres de Mompracem y del viejo cazador de la jungla, no habría producido tanto efecto como aquel nombre que había pronunciado casi con indiferencia Kammamuri.
Teotokris, el condenado griego, el antiguo favorito del rajá de Assam, que tantos tropiezos les había creado, se encontraba en Borneo, a la cabeza de las crueles bandas de dayakos...
Sandokan fue el primero en recobrarse del estupor inmenso que hubo producido la mención de aquel nombre.
—¿Qué has dicho, Kammamuri? —preguntó—. Repítenos ese nombre.
—Sí. Teotokris está aquí, señores —dijo el indio.
—¡Es imposible! —exclamaron al unísono Sandokan, Tremal-Naik y Yáñez.
—Sí. Teotokris está aquí —repitió Kammamuri.
—¿Quién te lo ha dicho? —preguntó Yáñez.
—¿Que quién me lo ha dicho? ¡Lo he visto con mis propios ojos!
—¡Tú!
—Sí, señor Yáñez. Fue él quien me capturó y mató al búfalo salvaje, con cuatro disparos de pistola, cuando corría por la selva.
—¿No te habrás equivocado? —preguntó Sandokan—. Tal vez era uno de los dos hijos del rajá del lago del Kin-Ballu.
—Lo conozco demasiado bien, capitán, y no puedo equivocarme —respondió Kammamuri—. Era Teotokris en persona. Fue él quien me encerró en la choza aérea donde he encontrado a este bravo hombrecito.
—Has traído contigo una serpiente venenosa, mi querido Yáñez —dijo Sandokan.

Fuente original: El Desquite de Sandokan, 2004.
Colaboración: Editorial Gente Nueva.