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El diablo embotellado y otros cuentos

Robert Louis Stevenson

El diablo embotellado

Hubo una vez un hombre, natural de Hawai, al que llamaré Keawe, pues la verdad es que todavía vive y su nombre conviene mantenerlo en secreto. El lugar de su nacimiento estaba no lejos de Honaunau, donde yacen los restos de Keawe el Grande ocultos en una cueva. Era nuestro hombre pobre, valiente y activo; podía leer y escribir como un maestro de escuela; era también un marino de primera calidad, pues había navegado durante algún tiempo en los barcos de vapor de la isla, y timoneaba ahora un ballenero por las costas de Hamahua. Un día, a Keawe se le ocurrió ver más mundo y ciudades extranjeras, y se embarcó en un buque que partía para San Francisco. Esta es una ciudad hermosa, dotada de un bello puerto y habitada por innumerable gente rica. Y, en particular, tiene una colina toda cubierta de palacios. En esta colina se hallaba un día nuestro Keawe dando un paseo, con algún dinero en los bolsillos, y contemplando con placer las espléndidas y espaciosas residencias. «¡Qué hermosas casas hay aquí, y cuán feliz debe de ser la gente que habite en ellas, sin preocuparse por el día de mañana!» Esto es lo que pensaba cuando llegó nuestro hombre frente a una casa que era más pequeña que las demás, pero toda tan hermosa y bien terminada que parecía un juguete. Las gradas de aquella residencia brillaban como plata, los arriates del jardín florecían como guirnaldas, y las ventanas resplandecían como diamantes. Keawe se detuvo ante esta casa y se maravilló por todo lo que veía. Aunque estaba algo absorto, se percató de que una persona miraba hacia afuera a través de la ventana, y tan claramente se le veía, que Keawe podía contemplarla como se ve un pez en la balsa transparente que forman los arrecifes. La persona de la ventana era un hombre de edad madura, calvo y de barba negra, y en su rostro se advertían las huellas del pesar. En aquel instante suspiraba con honda tristeza. Lo cierto es que así como Keawe miraba al de la ventana, este contemplaba a Keawe, y cada uno en sus miradas envidiaba la suerte del otro.

Fuente original: El diablo embotellado y otros cuentos, 2006.
Colaboración: Editorial Gente Nueva.

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