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El Hermoso Pecopín y la bella Bauldura

Víctor Hugo

Proemio

Te había prometido una de las leyendas famosas de Falkenburgo, la más hermosa acaso, la sombría aventura de Guntram y de Liba; pero lo he pensado mejor. ¿Para qué he de narrar un cuento que en cualquier colección de ellos, se encontrará mejor relatado que contándolo yo? Ya que te empeñas en que te refiera una historia para niños, ahí va esta; te envío una leyenda que no encontrarás en ninguna recopilación. Te la mando como la he escrito, al abrigo de las murallas de un castillo derrumbado, teniendo a la vista el fantástico bosque de Soun, y pareciéndome que me dictaban lo que iba escribiendo los árboles, las aves y el viento que zumbaba entre las ruinas.
Acababa de conversar con un veterano de los ejércitos franceses, cabrero ahora en estas montañas, y ya casi salvaje y medio brujo. ¡Extraordinario fin de un tambor mayor del 37 de ligeros! Este buen hombre, que guerrea desde la niñez en los ejércitos veteranos de la república, se me figura que cree hoy en gnomos y hadas, como creyó antes en el Emperador. Siempre obra así la soledad sobre la inteligencia; desarrolla la poesía innata en el hombre: todo pastor es soñador.

En el lugar de la acción he escrito este cuento, oculto en el barranco que fue foso, sentado en una piedra que fue peñasco, después torre en el siglo XII y hoy peñasco otra vez; cogiendo de cuando en cuando alguna flor silvestre, para deleitarme con su aroma, algunos de esos alboholes que huelen tan bien y duran
tan poco, mirando alternativamente la hierba verde y el cielo radiante, mientras enormes nubes doradas se desgarraban en las sombras mismas de Falkenburgo.
Y no digo más: ahí va la historia.
Bingen, agosto.
VÍCTOR HUGO

Fuente original: El Hermoso Pecopín y la bella Bauldura, 2005.
Colaboración: Editorial Gente Nueva.

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