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El Pan malévolo

O. Henry

Sacrificio de amor

«Cuando uno ama el arte que practica, ningún sacrificio parece exagerado».
Esta es nuestra premisa. El presente relato extraerá de la misma una conclusión demostrando a la vez que la premisa es falsa. Será un nuevo experimento en lógica y en la ciencia de la narración, algo tan antiguo como la Gran Muralla China.
Joe Larrabee surgió de entre los llanos de empalizadas del Middle West con una pulsación de genio pintor. A los seis años dibujó la bomba apaga incendios de la localidad y a un prominente ciudadano manejándola con destreza. Su «esfuerzo» fue enmarcado y colgado en el escaparate de la farmacia droguería del lugar, junto a una espiga de grano que tenía número impar de hileras. A los veinte años marchó a Nueva York con una corbata en forma de lazo flotante y un capital algo mejor sujeto.
Delia Caruthers hacía, en su aldea del sur rodeada de pinos, cosas tan estupendas con las octavas, que sus familiares decidieron reunir el dinero necesario para que la muchacha fuese al norte a terminar la carrera.No consiguieron verla ter… Pero esto pertenece a nuestra narración.
Joe y Delia se conocieron en un estudio donde solía reunirse un grupo de estudiantes de música y arte para discutir sobre el claroscuro, Wagner, la música, las obras de Rembrandt, los cuadros, Waldteufel, empapelados, Chopin y Oolong.
Joe y Delia se enamoraron enseguida el uno del otro —o el uno y el otro, como ustedes gusten— y no tardaron en contraer matrimonio, porque —léase más arriba— «cuando uno ama el arte que practica, ningún sacrificio parece exagerado».
El señor y la señora Larrabee instalaron su hogar en un piso. Era un piso solitario, tan solitario como el último extremo del teclado en su sector izquierdo, pero fueron felices porque tenían su arte y porque se tenían el uno al otro. Y he aquí mi consejo para el muchacho rico: vende cuanto tengas y da a los pobres lo que recojas. Busca el privilegio de vivir en un piso con tu arte y tu Delia.
Todo el que habite un piso convendrá conmigo en que es dueño de la única y verdadera dicha. Si un hogar es feliz, jamás resulta demasiado pequeño. Poco importa que el aparador se hunda para convertirse en mesa de billar, o que de la repisa de la chimenea surja una devanadora y el despacho se transforme en dormitorio, o el lavabo en piano. Poco importa que se junten de pronto las cuatro paredes, si así lo desean, siempre que entre ellas estén tú… y tu Delia.

Fuente original: El Pan malévolo, 2007.
Colaboración: Editorial Gente Nueva.

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